Por Andrés Mejía Vergnaud

Comienza a cundir la sensación de que el Presidente viaja mucho, algo que tradicionalmente irrita y molesta a la opinión pública nacional. Incluso los simpatizantes del Mandatario empiezan ya a sentirlo: decía Felipe Zuleta esta semana en Twitter que el Presidente debía ya parar sus viajes, y atender las protestas que hay en varias partes del país, y otras que se anuncian para próximos días. Pero seamos justos: los viajes recientes de Santos, pese a haberle ocupado sin duda muchos días, y a haber ocurrido con muy corto intervalo entre uno y otro, tienen justificación en elevados propósitos de política exterior. ¿No está en el Oriente el futuro económico del mundo?; ¿duda alguien de la importancia que tiene la Asamblea General de la ONU? 

No sería correcto igualar los viajes de Santos, por ejemplo, con los de Andrés Pastrana, que inspiraron al humorista Vargas Bill a calificarlo como el único colombiano que había viajado más que Héctor Mora. En extensa entrevista con Yamid Amat (El Tiempo), Santos enuncia los propósitos de sus viajes, y además explica dos cosas: primero, por qué es importante una revigorizada política exterior, y segundo, cuál es la relación entre las políticas internas y la política exterior.

Sobre la primera cuestión, dice el Presidente que en el mundo globalizado hay que ser un actor “con credibilidad, peso específico y relevante”. ¿Y cómo se logra esto? Allí entra la segunda cuestión, la de la relación entre políticas interiores y la fortaleza exterior. Esta última cualidad, para Santos, depende de “la eficacia y la coherencia de las políticas internas”. No tengo en principio objeción. Pero sospecho que en la perspectiva de Santos hace falta el elemento más importante: difícilmente puede un país lograr el propósito de ser “proactivo y relevante” (Santos) si descuida los elementos internos que le mantienen fuerte, unido y pujante. La cuestión es en realidad sutilmente distinta de como la ve nuestro Mandatario.

Es cierto que la coherencia interna despierta admiración internacional. Pero incluso si es “coherente”, un país afectado gravemente por problemas internos carece de fuerza para proyectarse en el escenario del mundo; nada ganará Colombia con viajes, ceremonias, reuniones, y discursos en buen inglés, si a muchos kilómetros de distancia, en el propio suelo nacional, nuestra estructura interna se debilita, los problemas que la aquejan crecen, y además parecería que no logran capturar la atención del Primer Mandatario.

Tengo frente a mí la foto de Santos estrechando la mano de Dilma Rousseff: eso está muy bien. Pero abro las páginas web de dos medios informativos para ver las noticias de última hora, y se anuncia un ataque de las FARC contra cinco municipios del Cauca, con uso de cilindros explosivos en cascos urbanos; hay también hostigamientos contra la represa de Salvajina. Entre Puerto Rico y San Vicente del Caguán (Caquetá), las FARC atacaron una caravana de vehículos; allí está actuando con cada vez más fuerza la terrible columna “Teófilo Forero”.

Entiendo la frustración de quienes piensan que de poco vale a Colombia exponer tal o cual posición frente al tema de Palestina, mientras nuestras dolencias internas crecen. No son cosas excluyentes: de ambas debe ocuparse el Mandatario, pero de las últimas debe hacerlo más directamente. Y debe notársele interés en los problemas nacionales. No voy a caer en el lugar común de decir que el Presidente no puede viajar porque hay problemas internos: lo que sí quiero advertir es que tales problemas se están agudizando, y amenazan esa estructura interna donde yace la capacidad de proyectarnos favorablemente en el teatro exterior.

Andrés Mejía Vergnaud es consultor político. Es autor de “Maestros de la Democracia Moderna” (Legis, 2003), y del libro “El destino trágico de Venezuela: Con o sin Chávez” (Tierra firme, 2009).  


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