Editorial  de Comentario Digital (Por Juan David García Vidal*)

Álvaro Uribe sale de la presidencia por la puerta grande. La suya fue una gesta digna de próceres, que linda con lo milagroso y se sitúa en los anales de lo heroico, porque ante un mar de adversidades y contra todos los pronósticos, fue capaz de darle un viraje histórico a Colombia, pacificando al país, fortaleciendo sus instituciones democráticas, encaminándolo en la dirección de la prosperidad creciente y devolviéndole la confianza en sí misma a una nación deprimida por la continuidad de la violencia y la pobreza. 

La grandeza de Uribe hay que medirla por la magnitud de la crisis que le tocó afrontar. Cuando llegó al poder, el 7 de agosto de 2002, encontró una situación calamitosa, un Estado a punto de colapsar, una economía en ruinas, un verdadero éxodo de colombianos al exterior y un país hundido en la violencia narcoterrorista. Los guerrilleros y los paramilitares campaban a sus anchas por el país, hasta el punto de llegar a lanzar una feroz ofensiva terrorista contra el propio Palacio de Nariño y sus alrededores, atentando contra la vida de Uribe, en el día de su posesión.

La reacción del nuevo mandatario fue inmediata, enérgica y sin medias tintas. Desde el primer momento, Uribe no sólo tuvo claro lo que había que hacer, sino cómo hacerlo. No sólo identificó correctamente a la seguridad como el elemento sin el cual los demás problemas del país carecen de solución, sino que fue capaz de conectar con el pueblo colombiano, convenciéndolo de mantener la resistencia a los ataques y a los chantajes de unas FARC que, envalentonadas y triunfantes, avanzaban sin mayores obstáculos hacia la toma del poder. Uribe no fue sólo el político que captó la verdadera naturaleza de la confrontación en Colombia, la de unos anacrónicos terroristas marxistas contra las instituciones liberal-democráticas, sino también el líder que supo cómo utilizar las herramientas del Estado de Derecho para recuperar el control del territorio e imponer la ley y el orden, sobre la base del respeto a las libertades individuales y a los derechos humanos.

Uribe, mejor que nadie, también entendió que para derrotar al narcoterrorismo debía cumplir con su obligación moral, como gobernante democrático, de librar la batalla de ideas contra la brutal ofensiva jurídica y la infame embestida propagandística de una poderosa e influyente izquierda mundial empeñada en desacreditar internacionalmente al Estado colombiano y paralizar a la fuerza pública. Pero ni la dificultad de la tarea ni los ataques personales en su contra lograron hacer vacilar un ápice la firme decisión de un líder resuelto a librar a su patria de la pesadilla de la violencia.

¿Cuál ha sido el resultado? Aunque todavía queda bastante por hacer, Colombia es hoy un país muy mucho mejor al que era hace ocho años. Con su gestión, el gobierno de Uribe le devolvió al país la seguridad, la confianza y el crecimiento económico. En estos ochos años, los secuestros se redujeron en un 90 por ciento y la tasa de homicidios cayó un 45%. Las FARC y el ELN sufrieron los peores golpes de su historia; sus fuerzas están desmoralizadas, infiltradas y a la defensiva; las bajas y las deserciones entre sus combatientes se cuentan por miles; están totalmente desprestigiadas y son más repudiadas que nunca por el pueblo colombiano. Sus estructuras de mando están prácticamente colapsadas.  Es de tal gravedad la situación a la que los ha llevado la contundente política de seguridad democrática del gobierno Uribe, que si no fuera por el apoyo y el refugio que les presta el régimen de Hugo Chávez, su derrota definitiva estaría muy cerca.

A pesar de varios errores y deficiencias persistentes que requieren correctivos, en materia económica y social, los logros del gobierno de Álvaro Uribe no son menos notables. A diferencia de 2002, la Colombia de hoy goza de un excelente clima económico, pasando de un promedio de 2 mil millones de dólares en inversión extranjera a niveles de 10 mil millones de dólares. La pobreza pasó del 53,7% al 46%, una reducción del 7,7%. La indigencia pasó del 19,7% al 17,8%. El PIB per cápita pasó de 6.200 dólares anuales en 2002 a casi 9 mil dólares anuales en 2009. En ocho años de gestión, la cobertura en salud pasó del 60% en 2002 al 91% en 2010, lo que significa que más de 20 millones de colombianos, que antes estaban sin cobertura, tienen acceso a la salud. La cobertura en educación básica pasó del 84,39% al 89,38%, un incremento cercano al 6%. La cobertura en educación superior aumentó del 24,4% al 33,30%, un incremento cercano al 10%. 

En el terreno internacional, Uribe tuvo el acierto de ubicar a Colombia donde tiene que estar, con Estados Unidos y con las otras grandes democracias del mundo, en contra de la satrapía venezolana y de las demás tiranías colectivistas. 

Ideas claras y trabajo denodado, he ahí la clave los éxitos del gobierno de Álvaro Uribe. Él sabe lo que quiere y actúa con pragmatismo para conseguirlo. Lo suyo no son los cócteles ni el boato ni las ceremonias protocolarias, sino las reuniones de trabajo, los consejos comunitarios y el contacto con los problemas de la gente común. No lo mueve el dinero ni lo deslumbra la fama, sino un deseo intenso de servir a su país y una cierta altivez intelectual, alimentada por su prodigiosa inteligencia, que lo lleva a querer subyugar con argumentos a sus adversarios. 

Existen distintas formas de juzgar una obra de gobierno. Una de ellas, recurre a lo que dicen los  intelectuales, los académicos, los “expertos” y los medios de comunicación. Otra, más rigurosa, atiende a los resultados. De acuerdo con la primera forma de evaluación, el gobierno de Álvaro Uribe fue una completa desgracia y un fracaso total. En cambio, de acuerdo con la segunda, Uribe fue uno de los gobernantes más exitosos que haya tenido Colombia. Sólo el tiempo dirá cuál será el juicio histórico de su presidencia. Sin embargo, con errores monumentales y aciertos históricos, nadie puede evitar que, para la abrumadora mayoría de colombianos, aquellos que juzgan por los resultados, Álvaro Uribe sea el héroe de nuestro tiempo.

*Juan David García Vidal es abogado de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín y magíster en asuntos internacionales de la Universidad Externado de Colombia en convenio con la Universidad de Columbia en Nueva York y con Sciences Po de París. Es director general de Comentario Digital.

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