Por Juan David García Ramírez 

Preguntémonos sobre la función que actualmente se asigna a la democracia en el mundo globalizado, y la especial atención con que la observan los Estados contemporáneos. Para hablar del rol de la democracia y su relevancia en nuestro tiempo, es necesario hacernos conscientes de que ella misma, con el alcance que hoy en día tiene, es un producto de la globalización. Tal afirmación significa que la democracia ha experimentado el fenómeno de la globalización como algo natural, difundiéndose por todo el orbe y buscando adaptarse al ambiente y las circunstancias de la gran mayoría de naciones soberanas. 

Del mismo modo que las ideas, el conjunto de las culturas, las mercancías, el transporte y la tecnología, entre gran cantidad de objetos y sujetos intervinientes en la globalización, la democracia ha sido concebida como la forma de gobierno preferible para las sociedades civilizadas, y hay un enorme consenso al respecto entre esas sociedades, lo cual trae como consecuencia la interdependencia, en este caso política. O sea, que la democracia se comporta como un factor de cohesión para los Estados que la aceptan y, al contrario, para la minoría que no se acoge a ella, el resultado es el aislamiento y, por tanto,  las relaciones poco amistosas con los demás Estados. 

Se dice también que la democracia tiene una vital relevancia para los Estados actuales, pues la experiencia les ha demostrado que, en ese contexto, la gente puede alcanzar con mayor facilidad sus aspiraciones individuales y colectivas, así como realizar los valores que les identifican. Eso quiere decir que la democracia se sitúa en un nivel superior a otras formas de gobierno, como la oligarquía o la dictadura, esta última reflejo de los regímenes totalitarios, o la oclocracia, que es el gobierno de la muchedumbre.  

Y en cuanto a las posibilidades que ofrece la democracia a los asociados, es preciso determinar cuál expresión de la democracia brinda mayores oportunidades. Entonces, encontramos que existen dos manifestaciones de esta forma de gobierno: Democracia representativa y democracia directa o participativa. 

En el marco de la democracia representativa de hoy, donde se establece el sufragio universal, se anticipa la necesidad de fortalecer las instituciones jurídicas y políticas y extender los derechos individuales, así como asegurar su realización. De acuerdo con esto, la democracia refleja la confianza que tiene el Estado en las capacidades del individuo para obtener el progreso material y espiritual, razón por la que le otorga las garantías suficientes para obrar con libertad y autonomía (al decir de Dewey). 

La democracia representativa apareció como la manera de situar en el poder, para efectos de la representación de los asociados, a aquellas personas que reúnen las condiciones intelectuales, culturales y económicas para actuar en nombre de los demás. Ahí se halla la razón primordial de la existencia de  los partidos políticos, que actúan como voceros de los  ciudadanos  que comparten un conjunto de convicciones ideológicas e intereses, por medio del voto. 

Ahora, si se indaga sobre la conveniencia de la democracia representativa a los objetivos de la globalización, y si hay cabida para una intervención más activa de las sociedades en su entorno, bien podría afirmarse que sí es conveniente la democracia representativa, por razones diversas. Entre ellas, que la democracia representativa, esencialmente, encuentra una mayor empatía con el individuo y sus derechos (individuales, por supuesto), esto es, que no observa siempre a la sociedad como un conjunto indisoluble, en el que cada miembro es completamente dependiente del todo, sino que refleja su preocupación por cada persona que forma parte de la asociación política. De ahí, también, que la representación en los poderes públicos, los diferentes ministerios, las entidades territoriales y demás, no sea ejercida por un cuerpo difuso de funcionarios públicos, sino que haya, en los respectivos cargos del Estado, un vocero o representante, de modo que es posible identificar el cargo público con la figura. 

En la vía de la preferencia de la democracia representativa por el individuo, se evidencia una especial valoración de la libertad, al dirigirnos a observar los mecanismos de participación de los ciudadanos en los asuntos de la vida pública. Por ejemplo, el más preciado de ellos es el derecho al voto. En las sociedades que gozan de una democracia liberal, la ley permite al ciudadano elegir libremente y ser elegido, pero también le abre la posibilidad de no elegir, o sea, de no votar, y lo mismo ocurre con otras situaciones del discurrir democrático. Es el caso de la libertad de cultos, de profesión, de locomoción, que son derechos individuales o naturales (según Locke), o de la libertad de asociación, que para el constitucionalismo se ubica en la categoría de los derechos sociales. El ciudadano no está sujeto ni constreñido a ejercer esos derechos, pues precisamente se busca que no haya imposiciones ni limitaciones institucionales a su libertad, y por consiguiente, puede optar por no llevarlos a la práctica. A esa libertad que se arroga el individuo para no ejercer un derecho, se le denomina libertad negativa. 

Además, las ventajas que ofrece la democracia representativa para aprovechar este momento de auge y expansión de la globalización, guardan una estrecha relación con la libertad, que tiene sus más surtidas expresiones en los derechos subjetivos. Para respaldar este argumento, es pertinente traer a cuento la tecnocracia, o el gobierno de los sujetos altamente cualificados y especializados en las áreas del conocimiento, que sirven a la buena y eficiente gestión del Estado. Si existen funcionarios que reúnen los méritos suficientes y la disposición para gobernar, no habrá que desplazar tan dispendiosa labor al grueso de la población, que usualmente no estará en condiciones de asumir la administración de la comunidad política. Y así, los ciudadanos podrán concentrarse en el aprovechamiento de las oportunidades de la globalización, en gran parte brindadas por sus representantes. Esos beneficios se encuentran en el dinamismo social, propiciado por la tecnología y los medios de comunicación, al igual que los medios y vías de transporte. Así mismo, la integración que se hace frecuente entre las gentes de todos los rincones del hemisferio, mediante el comercio internacional (en el contexto de la libertad de mercado) y el intercambio de su riqueza cultural. De manera que, conocida la amplia gama de favores que pueden recibir las sociedades globalizadas, regidas por la democracia representativa, se hacen innegables la preponderancia y la fuerza que esta forma de gobierno ostenta ante las demás. 

¿Y qué hay de la democracia participativa? 

 En nuestros días está propiciándose el debate acerca de la influencia que puede alcanzar a ejercer la democracia directa, alrededor de los Estados contemporáneos, al punto de plantearse que ésta podría incluso reemplazar o relegar la democracia representativa.  Entre diversas razones expuestas para el desplazamiento de la democracia representativa, en favor de la democracia directa, sobresalen: El precario control por parte del mismo electorado, y la lenta y dificultosa evaluación de las decisiones que toman sus representantes, usualmente incongruentes con la voluntad de los ciudadanos. De la misma forma, el progreso y los avances logrados en sociedades desarrolladas, en cuanto a posibilidades de incremento de la riqueza, acceso a la educación superior para más personas y aumento de las oportunidades laborales; todo lo cual, en gran medida, obraría como presupuesto para concretar la igualdad real entre los individuos. 

El tránsito a la democracia directa no se da a igual velocidad en todos los lugares del  mundo. Este sistema exige no solamente que los electores se informen y disfruten de un nivel educativo adecuado, sino también de la suficiente prosperidad económica, para hacerse conscientes de la responsabilidad que tienen ante el futuro de su país. 

Norberto Bobbio sostiene: "El proceso de ampliación de la democracia en la sociedad moderna, no se presenta solamente a través de la integración de la democracia representativa con la democracia directa, sino también y sobre todo, mediante la extensión de la democratización, entendida como institución y ejercicio de procedimientos que permiten la participación de los interesados en las deliberaciones de un cuerpo colectivo, en cuerpos diferentes de los políticos. ... Hoy, quien quiera tener un indicador del desarrollo democrático de un país, ya no debe considerar el número de las personas que tienen derecho al voto, sino el número de los lugares diferentes de los tradicionalmente políticos en los que se ejerce el derecho al voto". 

Para caracterizar la democracia participativa, hay que trascender el marco político, para ubicarnos en un plano más amplio y comprensible: El del conjunto de la sociedad, donde se intenta determinar el grado en que las personas participan en el poder, en la riqueza y en la cultura. El asunto de la democracia participativa, es que posee una enorme fuerza vinculante con los problemas de la vida pública, debido a que establece para los ciudadanos no solo la posibilidad de servirse de los mecanismos de participación, sino que, además, lleva implícito un carácter imperativo, es decir, que puede llegar a prescribir el deber de actuar, con la justificación de que ha de seguirse la voluntad general o de la mayoría. De este modo, instrumentos como el referendo, el plebiscito o  la revocación del mandato, son menos útiles en las sociedades liberales, por la opción que tiene el individuo de no participar. 

A este respecto, la divergencia más relevante que tiene lugar entre la democracia representativa y la participativa, se refiere a su perspectiva del sujeto y de la comunidad. Para la democracia representativa, la sociedad es, como decíamos en líneas anteriores, un conjunto de individuos, pero valora y tiene en cuenta a cada uno, y eso significa que entiende la diferencia del uno frente al otro, la unicidad y, por tanto, no fuerza a nadie a uniformarse, a parecerse a todos. En la medida en que acepta y tolera las diferencias de los individuos, asume que su función más importante consiste en preservar la libertad individual, mediante la protección de los derechos. 

Ofreciendo una visión contraria, la democracia participativa concibe la sociedad como un todo indivisible e indisoluble. Comprendidos y asimilados los dos puntos de vista, cada manifestación de la democracia obedece a una percepción distinta del contrato social. Por su parte, la democracia representativa sigue los dictados del contractualismo individualista, expuesto por John Locke, Robert Nozick y John Rawls; y la democracia participativa, a su vez, es mensajera del contractualismo de corte colectivista, que tiene como depositarios a Hobbes, Rousseau. Aún más, la democracia participativa entraña un espíritu totalitario que resulta difícil esconder, pues colectivismo fue el signo, en el siglo XX, de gobiernos como el de Mussolini, Stalin, Hitler, Mao Tse Tung, Ceaucescu y otros cleptócratas obsesionados con el control absoluto de la sociedad, que han inspirado a sus sucesores en la centuria que corre, bien en América, en Asia o ya en África. Chávez y Kim Jong Il están convencidos de estar llevando la democracia a un nivel superior y de ofrecer a sus súbditos (ya no hay más ciudadanos allí) el camino a la felicidad. Y están más seguros todavía de que la tiranía rige en Colombia, Chile, Alemania o Israel, y que es allí donde los individuos viven en la esclavitud. 

No se trata de un comentario marginal, el de la delimitación entre la democracia representativa y la participativa, partiendo de su concepción del contrato social. Nos sirve para entender por qué es más fácil para las sociedades con democracia representativa, estar presentes en el escenario de la globalización, y por qué, en cambio, la democracia participativa puede perjudicar o impedir la inserción de los ciudadanos en ella. Ya hemos hablado de las ventajas de la democracia representativa, en lo atinente a la globalización. Hablemos ya de una de las razones por las que la democracia participativa es nociva para el acceso de las personas a todo cuanto ofrece la globalización: Una ostensible menor libertad individual, teniendo en cuenta que se disuelve la identidad del individuo entre la colectividad y, en consecuencia, le resta capacidad de elección y de autodeterminación, por hallarse sometido a una voluntad que no es la suya. Además, es un hecho que en la actualidad, los Estados  donde se practica plenamente esta forma de democracia, muestran abiertamente tendencias opuestas a la promoción de la globalización. Particularmente, en lo que atiende al modo de gestionar la economía, se imponen el intervencionismo estatal y la planificación económica, acciones que lesionan el Estado mínimo y la libertad de mercado, y ésta última es una de las caras más visibles de la globalización. 

Tal vez pueda tratarse de una casualidad, pero llama la atención que los movimientos antiglobalización, que en realidad son movimientos opuestos a toda forma de progreso y evolución real (sin justificación racional alguna), son una muestra concreta de democracia participativa, pues sus integrantes tienen siempre el propósito de hacerse escuchar, de tomar parte en las decisiones políticas que afectan al mundo entero, y llegando a la exageración, plantean un mundo mejor. Reclaman la lucha contra la globalización y sus productos: El libre comercio, las empresas multinacionales, la supresión paulatina de las fronteras nacionales, etc. Se oponen a un fenómeno que es parte de la naturaleza de las relaciones humanas a gran escala, y se engañan a sí mismos, porque en un mundo en el que no exista la interdependencia económica, cultural y política, el aislamiento les negará toda posibilidad de conocer entornos sociales diferentes, modos de vida diversos y prosperar más allá de las fronteras del Estado nación. 

Fuentes bibliográficas:

  • Friedman, Milton y Friedman, Rose: Libertad de elegir. Editorial Grijalbo. Barcelona, 1980.
  • Beck, Ulrich: Libertad o Capitalismo. Editorial Paidós, Estado y Sociedad. Buenos Aires, 2002
  • Suárez Molano, José Olimpo. Syllabus sobre filosofía política. Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín 2004. 

Juan David García Ramírez es politólogo de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, estudiante de maestría en Estudios Políticos e investigador de la Facultad de Ciencias Políticas de la misma Universidad. También es Editor del periódico Comentario Digital 


Regístrese aqui para dejar su comentario.