Andrés Mejía Vergnaud

Vi con algo de sorpresa cómo, tras la muerte de Alfonso Cano, hubo analistas y “expertos” que se apresuraron a decir que este hecho dificultaba un acercamiento de paz con las FARC. Aclaro que no me refiero a las estrafalarias declaraciones de Piedad Córdoba, inexplicables como no sean motivadas por una simpatía plena por dicho grupo armado. Mi comentario se refiere a muy diversas declaraciones, tras las cuales, creo, yace la premisa de que Alfonso Cano era el más intelectual, el más académico, y el más preparado de los dirigentes que han tenido las FARC, para no mencionar su extracción urbana.

A lo anterior tal vez se suma la apariencia de Cano, la cual siguió siendo, durante muchos años, la de un intelectual de izquierda que bien podría haberse hallado en un café bohemio o en una universidad. Y entonces se le comparaba con un asesino sanguinario como el “Mono Jojoy”, o con un estratega despiadado del terrorismo como Raúl Reyes, y concluían que un buen intelectual no podría albergar semejante maldad, y que con él sería más fácil hablar de política y negociar la paz.

En este caso las apariencias engañan, y varios “expertos” se dejaron engañar muy fácilmente por ellas. No atendieron a lo que advertían quienes conocieron a Cano, y en particular quienes lo tuvieron al otro lado de la mesa en negociaciones de paz. Todos estos testimonios le describen como un hombre intransigente y dogmático, y como una contraparte muy poco dispuesta a escuchar y a ceder en las negociaciones.

Efectivamente era un intelectual, pero había optado por la ruta del dogmatismo: se había aferrado a un ideario filosófico, y a una cierta visión de la realidad colombiana, y ni siquiera estaba dispuesto a considerar que en sus creencias pudiera haber algún error, o que ellas pudieran ser enriquecidas por nuevas experiencias. Ello le había llevado a desarrollar una personalidad arrogante, la cual incluso resultaba antipática a muchos guerrilleros. Todo esto habría hecho muy difícil una negociación con unas FARC encabezadas por Cano. Bajo su mando se había acentuado la visión tan peculiar que esta organización tiene del diálogo de paz.

La mayor distancia que hay entre el Estado y las FARC para una negociación de paz radica en aquella peculiar visión. Normalmente, la idea que tenemos de un proceso de paz con la guerrilla se asemeja a la experiencia del M19: unas negociaciones tras las cuales el grupo insurgente deja las armas y se transforma en una fuerza política. En ejercicio de esa calidad, lucha por introducir en la sociedad las transformaciones que considera necesarias. Así, por ejemplo, el M19 tuvo una participación protagónica en la Constituyente; y algunos de sus líderes han alcanzado posiciones importantes como congresistas, gobernadores y alcaldes (incluso de Bogotá). Ellos defienden la Constitución de 1991 como el mayor logro de su lucha, alcanzado, no mediante las armas, sino tras haberlas depuesto. La visión de las FARC es muy diferente, y han sido claros en expresarla y en reiterarla.

En primer lugar, para ellos la mesa de negociación ha de ser el escenario donde se pacten transformaciones profundas a la estructura de la sociedad y el Estado. Acordadas esas transformaciones, las FARC entrarían al aparato estatal, por ejemplo, mediante participación preacordada y no electiva en una Constituyente, y mediante su incorporación a las fuerzas militares. El grupo no está dispuesto a desmovilizarse para constituir un movimiento político, y luchar desde la arena civil por su proyecto de Estado. Aspiran a que dicho proyecto se acuerde como parte de las negociaciones. Esta ha sido su posición tradicional, y en la medida en que ella no cambie, la idea de una negociación de paz con las FARC estará más cerca de mundo de los sueños que del mundo real.

Andrés Mejía Vergnaud es consultor político. Es autor de “Maestros de la Democracia Moderna” (Legis, 2003), y del libro “El destino trágico de Venezuela: Con o sin Chávez” (Tierra firme, 2009). 


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Comentarios  

 
0 #1 josegabriel 15-11-2011 16:34
MARAVILLOSO ARTICULO, BUENISIMO......
 

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