Eduardo Mackenzie
 
En la concentración de estudiantes en la plaza de Bolívar  de Bogotá del pasado 10 de noviembre  ocurrió un hecho grave que la prensa colombiana  se ha rehusado a comentar: en ese lugar tan cargado de simbolismo para todos los colombianos, y al lado de la estatua del Libertador Simón Bolívar,  alguien construyó un enorme armazón en forma de cono, de unos cincuenta metros de altura, en torno del cual se concentraron distraídamente los jóvenes al final del desfile.  Rápidamente, el armatoste fue recubierto de pancartas y banderas, mientras que otro grupo tomaba el control de la base. Minutos más tarde, cuatro activistas, utilizando una escala de cuerdas, llegaron a la cumbre de la construcción y plantaron allí, en la cima, una enorme bandera roja con la hoz y el martillo.

Ese símbolo del comunismo, del atroz Gulag soviético y de las Farc ondeó sobre todos los manifestantes sin que muchos de ellos ni se dieran cuenta. La bandera nacional ondeó en ese mismo armazón un rato pero unos metros debajo del ominoso trapo rojo, símbolo de la masacre de masas y de un sistema dictatorial deshumanizado.
 
¿Quién quiso insultar a los jóvenes manifestantes con ese acto grotesco? ¿Qué papel jugó en esa infame comedia, anunciadora de nuevos actos liberticidas, la alcaldía mayor de Bogotá?
 
Cuesta trabajo pensar que ese horrible armazón, donde ondeó el símbolo de la opresión más abyecta de pueblos y naciones enteras, haya sido construido sin  permiso de la alcaldía de Bogotá.
 
La prensa bogotana no ha comentado ese hecho, ni ha publicado una sola foto al respecto. Todos se esfuerzan por esquivar ese incómodo detalle. Sin embargo, un diario virtual bogotano, Primicia, dirigido por Víctor Hugo Lucero (www.primicia.co), difundió al día siguiente dos impresionantes fotografías donde se ve el horrible trapo rojo y, bajo éste, la bandera de Colombia.
 
En otras palabras: el emblema del comunismo dominó la bandera nacional y dominó la concentración estudiantil toda. Lo curioso es que el diario Primicia, aunque publica esas fotos, no dice una sola palabra sobre ese detalle.
 
¿Por qué esa autocensura general?  ¿Por qué ese silencio ante esa ignominia?
 
Es evidente que la colocación de esa bandera no fue un acto espontáneo. En la base del armazón había un piquete que impedía el ascenso a quien no estuviera autorizado. Con ese gesto algunos quisieron decir que el movimiento estudiantil por la reforma universitaria, a pesar del candor de sus dirigentes visibles,  tiene unos objetivos que van más allá de lo que dice la prensa, y que tiene unos orientadores que no dan la cara.
 
La construcción del armatoste tuvo que haber contado con la autorización de la alcaldía mayor. O ésta, cuya sede se encuentra a unos pasos de la misteriosa construcción, dio la señal de que toleraría  ese abuso.
 
¿Desde cuándo ese armazón estaba en esa plaza? ¿Quién lo levantó? ¿En qué material lo hicieron? ¿Quién pagó esa construcción?  ¿Quién lo desmontará y cuando?
 
Esa construcción, aunque efímera, es a todas luces ilegal.  La principal plaza de Colombia, construida para rendir homenaje al Libertador, y para ofrecer a los ciudadanos un ágora, un lugar de reunión y conversación política pacífica, no puede ser mancillada con un edificio ilegal destinado a instalar sobre él la bandera de la violencia y del totalitarismo.
 
Es como si alguien hubiera querido construir  de manera solapada un anti símbolo y lanzar una advertencia. Mientras los estudiantes se concentraban allí para elevar ante el gobierno sus peticiones, razonables o no, sobre una reforma universitaria, necesaria o no, que la ciudadanía y las autoridades pueden compartir o no, alguien  plantó esa bandera roja para decirle al país que otros designios, bien ominosos por cierto, planean sobre las cabezas de los movimientos “de masa” actuales y sobre esos jóvenes entusiastas y altruistas. Para decir que sobre todos ellos la violencia y la mentira trata de imponerse para llevarlos a aventuras siniestras.
 
La prensa bogotana  hizo el elogio de la llamada “Toma de Bogotá”.  Soslayó, sin embargo, el punto de los disturbios y pedreas de ese día contra la fuerza pública, la detención de 23 energúmenos, entre ellos 8 menores, evitó el tema de la tensión creada por grupos amenazantes en las calles de la Candelaria, ignoró que alguien hizo estallar un explosivo en la plaza de Bolívar. En otras palabras: la prensa informó disciplinadamente como se lo exige la alcaldesa Clara López: digan que todo fue paz y cordialidad, que aquí sólo hubo besos, abrazos  y claveles para la Policía y los transeúntes. La revista Semana aceptó esa orden y trató de extasiar a sus lectores hablándoles de “la credibilidad del movimiento” y de unas malas personas que buscan “estigmatizar la protesta” pues ésta, asegura Semana, no ha sido "infiltrada por grupos ilegales”.
 
Pero no dijo una sola palabra sobre la bandera de las Farc que ondeó sobre las cabezas  de esos jóvenes y sobre sus encantadores “caballitos de madera, máscaras, comparsas y disfraces”. No dijo una palabra sobre la revelación hecha  la víspera por la Policía, en el sentido de que Iván Márquez “dio la orden de promover disturbios en la movilización del jueves” y que el secretariado de las Farc trata de infiltrar las universidades, distribuir propaganda subversiva y “radicalizar la protesta social, de manera particular en Bogotá” contra la Ley 30. (El Espectador, 10 de noviembre de 2011).
 
¿Y si esa manifestación no es más que un inmenso Caballo de Troya?  Lo del trapo rojo bolchevique es un signo importante. Pero hay más. ¿Por qué en el discurso oficial de los jefes de la protesta “estudiantil” aparece como elemento central la idea de que el Congreso colombiano, elegido por el pueblo, no tiene legitimidad? 
 
¿Quién puede creer que el punto que, según los interesados, hizo salir a los jóvenes de sus aulas, es la posibilidad de crear en el país universidades con ánimo de lucro, cosa que existe en Colombia desde hace lustros y que es la clave de la excelencia universitaria en los países democráticos más avanzados?  La causa de ese “despertar” del movimiento estudiantil está en otra parte.
 
Si la movilización estudiantil es “pura” y “desinteresada” ¿qué hacía en la tribuna Jaime Caicedo, secretario general del Partido Comunista, y por qué la ex senadora destituida Piedad Córdoba,  gerente de secuestros de las Farc y punta de lanza del chavismo más extremo, trató de encaramarse y tomar la palabra a pesar de la rechifla de los estudiantes? ¿Por qué la prensa escamotea esos hechos?
 
En 1989, los estudiantes chinos ocuparon la plaza de Tian'anmen de Pekín durante varias semanas. Exigían reformas a la dictadura comunista. Ellos erigieron allí una estatua: la “diosa de la libertad”. Todo eso terminó en la matanza del 4 de junio. En los tanques y camiones que el PC chino envió contra los estudiantes ondeaba la bandera roja con la oz y el martillo. ¿Cómo los estudiantes colombianos pueden aceptar en sus manifestaciones ese símbolo del horror y del crimen?
 
¿El armatoste con un trapo rojo con hoz y martillo en la cúspide es la nueva estatua de la anti-libertad que la alcaldía del Polo le promete a los bogotanos?

Abran los ojos bogotanos, pues detrás del símbolo vienen los actos. Después de la pantomima de los “besotones” aparecerán los fierros y otras cosas peores.

Eduardo Mackenzie es abogado y periodista colombo-francés residente en París desde hace más de una década. Es autor del "Best seller" "FARC: Fracaso de un terrorismo" (Colección actualidad, Debate, 2007, Bogotá), de "El enigma IB" (Sobre el caso de Ingrid Betancourt) (Random House Mondadori, 2008, Bogotá) y de Justicia ¿Misión imposible?, (Editorial Carrera 7ª, Bogotá, 2011).


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Comentarios  

 
0 #3 Raymundo Vanegas 19-11-2011 11:57
Pitoniso?:(El Espectador, 4 de diciembre de 2011
 
 
0 #2 Raymundo Vanegas 19-11-2011 11:56
(El Espectador, 4 de diciembre de 2011?
 
 
0 #1 fernando 15-11-2011 16:30
excelente articulo, felicitaciones
 

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