13 Noviembre 2010
Editorial
A estas alturas, para nadie debería ser un secreto que Hugo Chávez, el “nuevo mejor amigo” del presidente Juan Manuel Santos, no es un amigo de Colombia, ni jamás podrá llegarlo a ser. Está muy bien que el gobierno colombiano haga esfuerzos por restablecer y mejorar las relaciones diplomáticas con nuestro principal vecino y es laudable que exista un diálogo bilateral colombo-venezolano respetoso y fluido; pero lo que resulta a todas luces decepcionante, deshonroso y equivocado es que el presidente de Colombia se declare el “mejor amigo” de un enemigo declarado de Colombia, de sus instituciones y de su sistema democrático.
La actitud de Santos deja una sensación de tristeza y decepción entre los que creíamos que mantendría una posición firme y clara frente al tirano venezolano. Más preocupado por recuperar el intercambio comercial con Venezuela, Santos ha preferido arrodillarse, bajarse los pantalones, enterrar la cabeza e ignorar las tropelías de Chávez.
Santos quiere olvidar que su “nuevo mejor amigo” lo llamó “mafioso” durante la campaña presidencial y lo amenazó con una guerra si llegaba a la presidencia. Quiere omitir los insultos y las injurias contra el ex presidente Uribe. Quiere soslayar que Chávez aún cobija, apoya y esconde impunemente a los terroristas que secuestran, asesinan y amenazan a los mismos colombianos a los que está obligado a defender. Quiere que las contundentes pruebas presentadas por el gobierno de Álvaro Uribe en la OEA, sobre la complicidad del régimen chavista con los narcoterroristas de las FARC y el ELN, queden relegadas al olvido. Prefiere tolerar que Chávez haya convertido a Venezuela en el principal corredor de la droga que alimenta el conflicto colombiano. Quiere pasar por alto la multimillonaria carrera armamentista ofensiva con la que Chávez amenaza a Colombia. Prefiere olvidarse de los presos políticos que, como Alejandro Peña Esclusa, están injustamente encarcelados en las mazmorras venezolanas. Prefiere abrazarse con el tirano que cierra sin miramientos los medios de comunicación opositores y que roba empresas privadas al peor estilo totalitario y comunista. Incluso, parece que, para tratar de complacer a Chávez, Santos prefiere no extraditar a Estados Unidos al principal jefe mafioso del continente, el narcotraficante venezolano Walid Makler, entregándoselo a su “nuevo mejor amigo” para que el capo no revele ante la justicia estadounidense los vínculos delictivos de su organización con más de 20 generales de las Fuerzas Armadas y con un sinnúmero de jueces, magistrados y altos dirigentes de la cúpula chavista.
Santos parece estar tan locamente enamorado del tirano de Miraflores que, para no fastidiarlo, prefiere no seguir profundizado las buenas relaciones con Estados Unidos, nuestro único aliado verdadero en la lucha contra el narcoterrorismo y nuestro principal socio comercial, al desechar cobardemente el necesario acuerdo de cooperación militar que permitiría la entrada de fuerzas estadounidenses a bases colombianas.
Con semejante actitud, escandalosamente dócil y humillantemente cobarde, el presidente Juan Manuel Santos está cometiendo un error histórico de grandes proporciones, cuya factura terminaremos pagando entre todos. Ha sucumbido a la tentación del apaciguamiento, eligiendo la componenda hipócrita con el autócrata venezolano a cambio de un espejismo de comercio y paz. Se trata de una derrota estratégica fundamental, porque implica condicionar y subordinar buena parte de la política interna y externa de Colombia a los caprichos de Chávez, beneficiando, de paso, a los terroristas comunistas de las FARC y del ELN.
Santos está muy desencaminado si piensa que va a domar al gorila bolivariano haciéndole concesiones y absteniéndose de tomar decisiones que lo indispongan. Chávez no va a cambiar por eso; al contrario, alimentará su narcisismo patológico y sus ambiciones de avasallar a Colombia. Con una dictadura ambiciosa y expansionista, como la de Chávez, toda claudicación es percibida como un signo de debilidad y toda muestra de conciliación y de buena voluntad es interpretada como cobardía.
Así no se protegen los intereses de los colombianos. No sobra recordarles, al presidente Santos y a la Canciller Holguín, que su salario lo pagan los contribuyentes colombianos para que defiendan sus intereses. Tampoco está de más recordarles a ambos que le deben su cargo a Álvaro Uribe, porque fueron elegidos con el claro mandato de darle continuidad a sus políticas, incluyendo la internacional. En consecuencia, hay que exigirle al presidente Juan Manuel Santos que rectifique, lo más pronto posible, su actitud con Chávez. Sin necesidad de iniciar nuevas confrontaciones con nuestro incómodo vecino, hay que regresar a una diplomacia firme, seria, coherente y franca, que no ceda un ápice ante la dictadura venezolana y que no deje de denunciar, con pruebas en la mano y ante todos los foros internacionales, la complicidad del régimen chavista con los narcoterroristas colombianos. Este es el momento de exigirlo, alto y claro, antes de que sea demasiado tarde.



Comentarios
Tristeza y preocupaciòn al sentir como para los colombianos , se nos desmorona la imagen de Santos .
Indignaciòn al ver que Santos solo uso su "promesa de darle continuidad a las polìticas de Uribe " como herramienta para alcanzar la presidencia que en un momento vio bastante enredada .
EXCELENTE EDITORIAL . ¡FELICITACIONES !
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