24 Noviembre 2011
Jesús Vallejo Mejía
Según Chesterton, no podemos hablar propiamente de la Civilización Cristiana como una realidad histórica, sino como un proyecto inacabado y, en puridad de verdad, inalcanzable.
Los creyentes pedimos al rezar el Padrenuestro “Venga a nosotros tu Reino”, pero bien sabemos, tal como nos lo enseña el Evangelio, que el Reino de Dios está en el interior de cada uno de nosotros y desde ahí se proyecta hacia las comunidades y el mundo que nos rodea.
Sin embargo, sólo de los santos puede predicarse que dan sólido testimonio de la presencia de Dios en el plano existencial en que nos movemos. Los demás apenas exhibimos tenues señales de la acción redentora del Creador, que aspira a que todos elevemos nuestro espíritu hasta su presencia, pero sin lograrlo a cabalidad.
Ni siquiera en las comunidades religiosas se realiza satisfactoriamente el Reino de Dios. Muchísimo menos será posible afirmar que haya alguna formación político-social que merezca que se la identifique con el propósito de divinización del ser humano que anima a la Creación.
No obstante, la Civilización Occidental, desde sus orígenes hasta el Renacimiento, se desarrolló tratando de inspirarse en el Cristianismo.
A lo largo de unos mil años, la cultura, las costumbres, los ordenamientos morales y jurídicos, la organización política, el sistema económico, la familia y hasta la vida cotidiana de las gentes, sufrieron el influjo del pensamiento y la sensibilidad cristianos, si bien éstos tuvieron que convivir con los remanentes del mundo clásico y del mundo bárbaro.
La cristianización del uno y del otro nunca se afianzó del todo, pues siempre quedaron en las distintas comunidades tradiciones más o menos ocultas que eran refractarias a la hegemonía cristiana o actuaban dentro de ésta de manera solapada.
A partir del siglo XV, esas corrientes subterráneas fueron horadando paulatinamente los cimientos de la Cristiandad, primero a título de herejías o disidencias cristianas, luego como tendencias post-cristianas y, al final, como fuerzas radicalmente anti-cristianas que han terminado configurando lo que un obispo norteamericano recientemente denominó una “ateocracia”.
Toda sociedad global se inspira en alguna concepción del mundo que en sentido amplio puede considerarse como de índole religiosa. Así ocurre incluso con la contemporánea, que en buena medida pretende ignorar y hasta erradicar de su repertorio de ideas y valores los componentes religiosos, pero en el fondo adhiere a cierta religiosidad que no es osado calificar como neopagana.
Desde esta perspectiva, bien podría considerarse que en la actualidad la Civilización Occidental sufre una profunda división que afecta sus cimientos mismos. Esa división enfrenta a cristianos y neopaganos. Y aunque numéricamente los primeros parecen superar a los segundos, éstos controlan los hilos del poder en sus distintos escenarios. El neopaganismo, en efecto, reina en las elites occidentales.
No faltan los que saludan con entusiasmo esta evolución, pensando, quizás con exceso de optimismo, que con ella podría retornar triunfante el espíritu de la Antigüedad grecorromana o instaurarse un modelo más perfeccionado de la misma, como si aquélla suministrase un arquetipo de ordenación de las sociedades que fuera digno de seguirse, por lo menos en sus aspectos básicos.
Se olvida que el esplendor del mundo clásico sólo llegaba hasta una estrecha minoría, pues las grandes masas estaban sometidas a la más ominosa esclavitud.
Hay mucha tela para cortar alrededor de estos tópicos. Lo que me interesa debatir en este momento toca con lo que se perdería si el Cristianismo desapareciera del mundo occidental.
No haré referencia a los tesoros artísticos, conceptuales y literarios que suelen identificarse sin más con la cultura, como si ésta no fuese algo de mayor calado que penetra las actitudes y los comportamientosde las personas.
Son precisamente estos últimos los que creo que merecen examinarse. La pregunta podría, entonces, plantearse de este modo: ¿Cual sería el efecto para las sociedades de la desaparición de todo ingrediente cristiano en las actitudes y los comportamientos de los individuos?
La vida cristiana apunta hacia la santidad. Es, lo repito, un ideal difícil y quizás irrealizable para muchos, pero actúa en la vida práctica tratando de mejorar la calidad de las personas.
Pensemos, por consiguiente, en las consecuencias que acarrearía no sólo el que ya no hubiese santos, que todavía los hay, sino que nadie tratara de ser como ellos, así fuese de modo muy deficiente. Más precisamente, ¿cuáles serían los efectos que para las comunidades y los individuos podrían derivarse del hecho de que nadie se aplicara a obrar desinteresadamente en función de elevados ideales y con sentido místico? O mejor, ¿qué sucedería si toda la gente se comportara en razón de cálculos utilitarios, dando sólo lo correspondiente a lo recibido y tratando de sacar para sí la mejor tajada en todas las situaciones?
Los que se esmeran en ser mejores no sólo dan ejemplo que anima a otros a seguirlos. Hacen el bien, aportan en la medida de sus posibilidades a la calidad de vida de sus semejantes, colaboran con la obra del Creador.
Podrían multiplicarse las hipótesis en torno del deterioro que sobrevendría en todos los órdenes si de tajo se arrojasen por la borda las lecciones morales del Cristianismo.
Pensemos, por ejemplo, en la política. La tradición cristiana la concibe en función de un concepto venerable que cada vez se desconoce más, el de bien común. El pensamiento actual pretende sustituirlo por la utilidad pública, el interés social, la voluntad mayoritaria, los derechos despojados de todo sentido moral. Pero si se pierde de vista que la acción política debe promover el logro de bienes, necesariamente se la degradará, como en efecto viene sucediendo.
Otro aspecto de la cuestión se refiere a que si el gobernante deja de considerar que debe responder de sus actos ante instancias más altas, como la de Dios, probablemente fallen todos los demás frenos instituidos para controlarlo. La vieja idea cristiana según la cual los reyes debían responder ante su conciencia y, en últimas, ante Dios tal vez implicaba un mecanismo de control más eficaz que los frenos y contrapesas cada vez más sofisticados que contemplan los ordenamientos contemporáneos.
En lo que concierne al sistema jurídico, el pensamiento cristiano siempre sostuvo la idea de una justicia trascendente de orden natural, racional y, en últimas, divino, en la que aquél debe inspirarse.
La gran batalla del positivismo jurídico se libró para combatir esa idea, en aras de la autonomía del derecho frente a la moral. Pero pronto se vio que aquél no puede fundarse en sí mismo y que es necesario que se lo elabore teniendo en cuenta referentes superiores que le otorguen respetabilidad y fuerza de convicción racional.
Y como el pensamiento secular ya no acepta las categorías cristianas, ha tratado en vano de reemplazarlas con otras que carecen de la solidez de ellas. El humanismo laico que pretende ocupar el lugar del personalismo cristiano deriva en un relativismo que impide dar razón de los contenidos jurídicos. La justicia que debería inspirarlos no pasa de ser una convención e incluso una imposición.
¿Qué sucede cuando la economía se rige estrictamente por el cálculo racional, concebido éste en meros términos utilitarios también ajenos a todo sentido moral?¿No es elocuente al respecto el desorden en que se debate hoy la economía mundial?
Y qué decir de la familia y las costumbres sexuales, también cada vez más desordenadas.
A menudo les decía a mis estudiantes: piensen en lo que para ustedes representan sus hogares, el contar con padres que se esmeran en cuidarlos y sacarlos adelante a menudo heroicamente, el ejemplo y los consejos de los abuelos, etc.
Pero la fuerza moral de los hogares se robustece y actúa sobre la base de la abnegación, el sentido de responsabilidad para con los hijos que llegan al mundo, la fidelidad y el respeto, todo lo cual se torna en extremo difícil en medio del ambiente deletéreo que los libertarios pretenden imponer so pretexto de la sagrada autonomía de los individuos.
Admitamos en gracia de discusión que los cánones cristianos en estas materias son extremadamente exigentes, en especial los católicos. Pero sobre ellos se ha construido una civilización.
Preguntemos ahora si es posible edificar otra sobre los cimientos movedizos del relativismo moral que postula la regla masónica de “Haz lo que quieras”.
En fin, preguntemos por la desaparición de la virtud de la caridad, suplantada por una vaga filantropía, o la de la esperanza que se cifra
en el triunfo sobre la muerte que promete la resurrección del Señor.
Privemos a los pueblos de toda creencia en la vida futura y en la justicia divina, cercenémosles toda noción de lo sagrado, convenzámoslos del dogma sartreano que proclama que la vida es una pasión absurda, para luego interrogarnos acerca de cómo podríamos gobernarlos. Veremos entonces que lo que las elites occidentales proponen en materia de civilización no es otra cosa que un salto al vacío.
Jesús Vallejo Mejía es abogado constitucionalista, profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Fue magistrado de la Corte Suprema de Justicia de Colombia y embajador de Colombia en Chile. El Dr. Vallejo es autor del blog Pianoforte.
( 8 Votos )



Comentarios
Es ademas y esencialmente en la dimensión espiritual y en su relación con la Divinidad como se explica y justifica la permanencia de esta religión.
Suscripción de noticias RSS para comentarios de esta entrada.