26 Mayo 2010
Editorial
Este domingo 30 de Mayo, es un día decisivo para el país. Las elecciones presidenciales constituyen el acontecimiento crucial de la democracia representativa, en donde los ciudadanos manifiestan su aprobación, rechazo o indiferencia ante los candidatos y sus propuestas de gobierno. La acción de votar va más allá de una formalidad para renovar periódicamente el gobierno, posee una trascendencia y un sentido propios, pues el voto es el más importante de los derechos políticos que tenemos los ciudadanos, y es, al mismo tiempo, la materialización de una de las libertades de que gozan los individuos en la sociedad abierta: La libertad de elegir. Ésta libertad fundamental e indispensable, que parece tan elemental y cotidiana para todos, no la conocen en otros países, donde los ciudadanos no son tales y se les trata como súbditos, sin que se les consulte jamás sobre las cuestiones que les afectan directamente y sin que las decisiones políticas se sometan a la mínima deliberación.
Si somos conscientes, pues, del significado del derecho al voto, debemos también comprender que el ejercicio de este derecho exige gran responsabilidad y madurez a los electores. En el voto de cada uno se sintetiza una visión de la sociedad, un conjunto de aspiraciones y de intereses que se expresan a quienes tienen la posibilidad, pero también la capacidad y habilidad, de gobernar, de gestionar los asuntos públicos y de propiciar el entorno para la prosperidad y bienestar de todos. Desde luego, el elector no es siempre sensato, ni posee los elementos suficientes para votar de acuerdo con esas tres condiciones de las que hablamos, y es entonces cuando el repentismo y los discursos poco claros, o los líderes radicales que prometen una sociedad nueva, se apoderan de la voluntad ciudadana y la moldean a su arbitrio.
Estas elecciones no son la excepción: Muchos parecen tener claro a cuál de los nueve candidatos elegirán. Han hecho un examen crítico de sus perfiles personales y profesionales, de su trayectoria en la vida política y de los proyectos que proponen para gobernar efectivamente. Otros elegirán guiados por el apasionamiento momentáneo y las ilusiones que el marketing político consigue vender. Y otros tantos, simplemente, no saldrán a votar.
Para aquellos que sí votarán, la invitación es a comprometerse con una decisión racional, ponderando sus expectativas con las prioridades, la realidad del país y las posibilidades de realización de los programas de gobierno. No son pocos ni despreciables los retos que enfrenta Colombia en adelante, y los ciudadanos deberán considerarlos como de primer orden, este domingo 30 de mayo: Aún hay que continuar la lucha sin cuartel contra las FARC, y contra toda organización criminal que pretenda poner de rodillas a la sociedad y al Estado, es una cuestión de supervivencia. Así mismo, recuperar la seguridad y el orden, como condiciones irrenunciables para el normal desenvolvimiento de la vida social, y para que realmente vivamos en paz. También se requiere un gobierno capaz de emprender las medidas y reformas necesarias para combatir el desempleo y la pobreza, y generar más fuentes de trabajo, dando mayor protagonismo al mercado. En la misma medida, mantener al país por la senda del crecimiento económico, factor vital para que se cristalicen las metas más ambiciosas en materia de educación, salud e infraestructura vial. Y finalmente, construir una política exterior seria, efectiva y que permita al país ocupar un lugar importante en el escenario internacional, con un gobierno que no se acompleje ante los países vecinos y que participe activamente en la globalización.



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