07 Junio 2010
Editorial
La invitación que el candidato presidencial por el Partido de la U, Juan Manuel Santos, ha extendido a las principales fuerzas políticas, para conformar una gran coalición de gobierno, o en sus palabras, un “gobierno de unidad nacional”, se expuso durante los últimos días a una lluvia de críticas y vituperios desde diversos sectores que, cegados por una visión radical de la política, conciben la posibilidad del acuerdo partidista como una perversión de las reglas de juego de la competencia democrática. Han hecho una curiosa asociación entre el clientelismo, la corrupción y la convergencia de fuerzas para alcanzar el poder y convertir en realidad un gobierno viable para el país. Desde esta perspectiva, cualquier negociación o acercamiento entre las partes entrañaría la razón del mal y la causa inmediata de la degeneración del sistema político.
Este maximalismo termina atentando contra la ética de mínimos que supone la convivencia política. Si por esos mínimos comprendemos el respeto a unas reglas establecidas, al pluralismo propio de la democracia, entonces será posible gobernar y lograr acuerdos con las distintas fuerzas políticas. Pero si, por el contrario, el candidato tiene el hábito de prejuzgar y detenerse solamente en los errores de sus rivales, con el fin de disminuir su prestigio, es posible que se vea afectado por la disminución de su popularidad y los ciudadanos desistan de considerarlo como una opción interesante. Ciertamente, esto ocurrió en la primera vuelta presidencial y el resultado ya lo conocemos, es indiscutible.
En realidad, las alianzas entre partidos son una expresión típica y común de las sociedades con régimen democrático. Son tan inherentes a la dinámica política como los partidos mismos. Es lógico: Cada uno reúne un conjunto de ideas, visiones e intereses tangibles de diferentes segmentos del conglomerado social. La elección individual en aspectos cruciales de la vida social, como la seguridad, el empleo o la salud, coincide con la de millones de personas y el partido o movimiento están llamados a dar una respuesta efectiva a las aspiraciones de los ciudadanos, de manera pragmática y realista. Y en la democracia representativa, este objetivo se logra conquistando el poder en las elecciones, es decir, llegando al gobierno. Por su naturaleza y objeto, éste sería el único camino que les queda seguir, pues si su interés fundamental no reside en la conducción del Estado, mejor sería que se conviertan en organizaciones civiles con otro propósito, o en fundaciones del sector solidario de la economía.
La coalición propuesta por Juan Manuel Santos, va en la misma dirección de la que acordaron David Cameron y Nick Clegg en Reino Unido, como líderes de los partidos Conservador y Liberal Demócrata, respectivamente, para reemplazar la hegemonía del Partido Laborista de Gordon Brown y Tony Blair. En el mismo sentido, el Partido Popular y el PSOE (Partido Socialista Obrero Español), las dos mayores fuerzas políticas de España, han tenido puntos de encuentro en los temas más conflictivos de la vida política del país, pese a las diferencias que hoy les separan y a la grave crisis económica y social. En estas democracias fuertes y consolidadas, a muy pocos, salvo a los totalitarios que rechazan cualquier cesión en sus pretensiones, se les ha ocurrido demonizar los acuerdos entre los partidos políticos y, por el contrario, la gran mayoría de la población los acepta como indispensables para que el Estado y la sociedad sigan su curso normal.
Por supuesto que es positivo un gran pacto en Colombia, es preferible a la inútil confrontación eterna. Pero de todas las alianzas posibles, la más acertada sería la que se produzca entre los partidos que comparten identidad de ideas y causas, por cuanto habría menos desgaste en la deliberación sobre los puntos que los unen y aquellos que los distancian. La mejor apuesta, como también la más realista, sería una entre el Partido de la U y Cambio Radical, ambos pertenecientes a la coalición uribista de los últimos años. Tendrían la misión de profundizar las políticas más exitosas del gobierno de Álvaro Uribe, corregir las que no produjeron los resultados esperados y enfrentar los nuevos retos en política exterior. Así mismo, articular un gobierno en donde sea visible la participación de los conservadores y liberales, que acaban de sumarse a la campaña de Santos.


