Editorial  

Hugo Chávez y los funcionarios de su régimen han reaccionado con sus habituales bravuconadas contra Colombia y su acostumbrado discurso victimista e hipócrita ante las sólidas e incontrovertibles acusaciones del gobierno colombiano sobre la presencia de múltiples campamentos narcoterroristas en Venezuela. A estas alturas para nadie debería ser un secreto que la tiranía venezolana recibe con los brazos abiertos a sus hermanos revolucionarios de las FARC y del ELN, con quienes comparten ideas y objetivos, facilitándoles su territorio como santuario de operaciones criminales, impunidad, entrenamiento y aprovisionamiento. 

Las pruebas abundan, pues no sólo está el detallado material de inteligencia que acaba de ser revelado, sino que además están los computadores de alias ‘Raúl Reyes’, cuya autenticidad ha sido certificada por la Interpol; así como múltiples declaraciones de guerrilleros desmovilizados y de ciudadanos venezolanos, que dan fe de la existencia de esos campamentos y de la ayuda que el Estado venezolano les brinda a los terroristas de extrema izquierda que delinquen en Colombia.  

Mientras esto sea así, resulta imposible derrotar a esas fuerzas terroristas. De poco sirve perseguirlas y combatirlas en Colombia, si tienen refugios seguros y bases de operaciones estables en los países vecinos.    

Ahora bien, la simpatía internacional y el apoyo tácito o explícito que los gobiernos de los países vecinos les brindan a las guerrillas comunistas colombianas no son cuestiones que deben circunscribirse, de manera exclusiva, a la figura de Hugo Chávez, aunque él tenga un peso muy importante en la ecuación que define la trama para destruir la democracia colombiana y sustituirla por una dictadura comunista

La conspiración internacional contra el Estado colombiano involucra al conjunto de las fuerzas de extrema izquierda del continente, algunas de ellas terroristas, agrupadas en torno al Foro de Sao Paulo, organización creada en 1990 por Fidel Castro y Lula da Silva para tratar de revitalizar y coordinar a las corrientes comunistas latinoamericanas, que en aquella época habían quedado huérfanas y desmoralizadas tras la caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética. Dicho Foro lo han conformado desde movimientos indigenistas, sindicalistas y ecologistas, junto a ONG de derechos humanos y antiglobalización, hasta guerrillas narcotraficantes y terroristas como el ELN y las FARC, junto a los partidos políticos que llevaron al poder a personajes como Chávez, Correa, Evo y Ortega. El Foro no es más que un cuidadoso proyecto totalitario a largo plazo, orientado a romper de raíz con el orden internacional establecido a partir del fin de la guerra fría, acabando con la influencia estadounidense en la región y con todo lo que implique democracia liberal, economía de mercado y libertades individuales en América Latina.  

Por todo ello, porque el problema va más allá de Chávez y sus fanfarronadas, el gobierno colombiano debe enfocarlo como tal. No se trata de persuadir a Chávez y a Correa con argumentos, ni de usar los tan cacareados “canales diplomáticos” con Venezuela y Ecuador, eso ya se intentó y nada se consiguió. Arrodillarse o mirar para otro lado, como sugieren algunos incautos, tampoco va a traer ninguna solución, porque no sólo continuaría el apoyo a las guerrillas, sino que, ante una dictadura ambiciosa y expansionista como la de Chávez asociada a los todavía peligrosos terroristas colombianos, sería un suicidio; una rendición; una entrega indigna, cobarde y absurda. 

Al nuevo gobierno de Juan Manuel Santos no le queda otra alternativa que ratificar las acusaciones contra Venezuela de la administración de Álvaro Uribe en la OEA y utilizar los otros foros internacionales, particularmente el Consejo de Seguridad de la ONU, para seguir denunciado, con pruebas en la mano, la complicidad de Chávez y de la extrema izquierda de la región con los narcoterroristas de las FARC y del ELN. Hay que conseguir el apoyo de Estados Unidos y de la Unión Europea para que promuevan sanciones duras y crecientes contra Venezuela, convirtiéndolo en un “Estado paria”, al estilo de Irán, Corea del Norte y Cuba. La experiencia enseña que el único leguaje que entienden y respetan sátrapas como Chávez es el de las sanciones y la fuerza.  


Comentarios  

 
+2 #1 31-07-2010 09:22
Me encanto este editorial, se puede decir más pero no más claro.
 

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