23 Septiembre 2010
Editorial
Cualquiera que tenga un mínimo respeto por la libertad, por la justicia, por la vida civilizada y por la dignidad humana no puede sino sentirse profundamente aliviado con la muerte de un monstruo terrorista como el “Mono Jojoy”. Responsable de las tristemente célebres “pescas milagrosas”, de la destrucción de pueblos, del reclutamiento y desplazamiento forzado de niños y campesinos, de innumerables atentados, carros-bomba, masacres y torturas, el verdugo y el secuestrador de miles de colombianos, que sembró fosas comunes por todo el país y que estaba obsesionado con instaurar a sangre y fuego una tenebrosa tiranía comunista en Colombia, al peor estilo estalinista y castrista, por fin ha caído a manos de las gloriosas fuerzas militares de Colombia.
A los huérfanos, viudas y cadáveres que el Mono Jojoy dejó por toda Colombia, habrá que añadir ahora los huérfanos, viudas y cadáveres políticos de su muerte en combate y de la consiguiente derrota estratégica y militar que tal hecho representa para las FARC y para su entorno de ONG y políticos afines y aliados. Particularmente para la senadora Piedad Córdoba, quien calificó al terrorista abatido de “guerrero” y, en tono triste y melancólico, tachó la operación que lo dio de baja como “un triunfo de la muerte sobre la vida”.
Resulta verdaderamente ridículo el esfuerzo de los mamertos de la izquierda por convertir la muerte del “Mono Jojoy” en una especie de crimen de guerra o de lesa humanidad, porque perecieron seres humanos. En realidad, la muerte en combate de un criminal de esa ralea no es más que un necesario, saludable y profiláctico acto de higiene moral, por parte de una sociedad que se resiste a seguir viviendo bajo la férula del terror y la violencia. No ha muerto un ser humano cualquiera, sino que ha sido abatido un atroz violador de los derechos humanos, con un prontuario siniestro e inenarrable.
Sin Jojoy, las FARC se quedan sin su único y principal dirigente estratégico, dejando a la organización desorientada militarmente y derrotada sicológicamente. Su muerte se suma a la de Raúl Reyes y la de otros destacados dirigentes de la banda criminal. Desde Comentario Digital felicitamos efusivamente a nuestras gloriosas fuerzas militares y agradecemos su valor y su firmeza. También extendemos nuestro reconocimiento al gobierno del presidente Juan Manuel Santos y, especialmente, al ex presidente Álvaro Uribe, quien con su claridad en las ideas y su política de seguridad democrática, hizo posible esta gesta histórica. No hay que bajar la guardia. Esta noticia es una prueba más de que sólo con la fortaleza del Estado de Derecho y de la sociedad es posible terminar definitivamente con la pesadilla de las FARC.
La muerte del Mono Jojoy es un símbolo poderoso de la capacidad de las fuerzas del Estado colombiano, que debe servir para desanimar a sus adversarios y debe también influir entre los jefes de las distintas organizaciones terroristas, particularmente de las FARC, para que se decidan a entregar las armas y desmovilizarse, antes de que terminen aniquilados como el Mono Jojoy. Entrega o exterminio, no hay más opción.



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