15 Marzo 2010
Juan David García Vidal
A mediados del año 2006, en medio del debate que en el país se reabrió, con ocasión de la eliminación de la prohibición constitucional a la reelección presidencial en Colombia, sobre la conveniencia de implantar un régimen parlamentario de gobierno, que no solo resolviera la cuestión de la reelección presidencial, sino también una serie de problemas derivados de nuestro régimen actual, resolví investigar, con la gentil colaboración de Andrés Mejía-Vergnaud, director del Instituto Libertad y Progreso y de mis maestros, los doctores Jesús Vallejo Mejía y Héctor Quintero Arredondo, si era realmente conveniente y viable implantar en Colombia un régimen parlamentario y plasmar las conclusiones en mi trabajo de grado para optar por el título de abogado de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín.
Encontré que el parlamentarismo, si bien no es perfecto (ningún sistema lo es ni nunca lo será), sí constituye un instrumento idóneo para corregir muchos de las fallas estructurales y políticas derivadas, en gran parte, de nuestro sistema presidencial vigente, beneficiándonos más de las ventajas que para la convivencia civilizada trae la democracia y la libertad. Además, puede constatar que no hay nada que impida que nuestro país aborde, con madurez y sin prejuicios, la discusión sobre la necesidad de mejorar nuestro sistema político a través de las reformas constitucionales y legales necesarias para la adopción un régimen parlamentario. ¿Por qué llegué a estas conclusiones?
Para empezar, constaté que el parlamentarismo, al igual que la democracia y el capitalismo, es el resultado de un largo proceso de prueba y error. No es una construcción teórica pensada y diseñada primero y aplicada después. Es, por el contrario, fruto de la práctica, de la experiencia, de la incorporación de nuevas ideas, de la adaptación a las circunstancias cambiantes, complejas y difíciles de la realidad política. Además, la inevitable comparación de la estructura y el funcionamiento del régimen parlamentario y el régimen presidencial, permite identificar una serie de ventajas del primero respecto del segundo.
El sistema presidencial colombiano está en crisis. Se han realizado grandes esfuerzos por dotarlo de mayor agilidad, transparencia, gobernabilidad, organización y cultura democrática, pero lo que se ha conseguido es muy poco y, en muchos casos, los problemas se han exacerbado: persiste el desprestigio de la actividad política; los partidos continúan fraccionados; tenemos una oposición poco seria; los mecanismos institucionales para afrontar y solucionar crisis políticas graves que amenacen la continuidad constitucional, siguen siendo escasos y poco eficaces; tenemos un ejecutivo acosado y atareado por la confusión en una misma persona de las funciones y responsabilidades de jefe del Estado, jefe del gobierno y suprema autoridad administrativa; continúa la rigidez de los períodos del presidente y los congresistas, lo que impide a los ciudadanos terminar rápidamente con la gestión de los malos funcionarios o reelegir indefinidamente a los buenos; las relaciones entre el ejecutivo y el Congreso siguen en una eterna rivalidad, que lleva a negociaciones burocráticas y acuerdos secretos para garantizar la gobernabilidad.
Todas estas fallas de nuestro funcionamiento institucional encuentran buena parte de su origen en la estructura del sistema presidencial que nos rige. No hay razón para que Colombia se mantenga en esta situación. Por ello, la opción del parlamentarismo se impone, porque se trata de una herramienta orientada a prevenir muchos de los principales problemas que sufre nuestro sistema político.
Los que se oponen a que avancemos hacia esa forma de organización del gobierno aducen, entre varias objeciones, que en Colombia no cumplimos con las condiciones necesarias para llegar al parlamentarismo, pues no tenemos unos partidos políticos sólidos y tampoco contamos con la suficiente cultura política. Pero esto no es verídico, porque estas y otras supuestas “condiciones” para tener un sistema parlamentario son, en realidad, consecuencias del funcionamiento de dicho esquema de gobierno.
La experiencia nos muestra que en los regímenes parlamentarios los partidos políticos tienden a ser más sólidos y disciplinados que en los sistemas presidenciales, dado que en el parlamentarismo los partidos cuentan con incentivos para mantenerse cohesionados: de un lado, los partidos o el partido del gobierno buscan mantenerse en el poder y de otro, los partidos o el partido de oposición tienen la posibilidad de desbancar, en cualquier momento, al gobierno de turno. Además existen estructuras de bancada con disciplinas de partido muy organizadas.
Toda esta dinámica estimula esquemas de oposición seria y responsable, puesto que los grupos opositores no se limitan a criticar, sino que, además, deben plantear propuestas de gobierno realistas y creíbles. Así se va llegado, gradualmente, a una mayor cultura política, no sólo de la oposición, sino también de la ciudadanía en general, pues los debates de propuestas e ideas no se limitan a los períodos previos a los comicios, sino que se mantienen durante la controversia política cotidiana en el Parlamento y en los medios de comunicación. Asimismo, los políticos se ven obligados a elaborar más sus discursos y a ser más persuasivos en sus proyectos.
Así pues, instaurar el parlamentarismo en Colombia no sólo resulta conveniente, sino que, además, se trata de una propuesta viable, siempre y cuando sepamos analizar con cuidado y paciencia las características del debate que nos lleve a un gran consenso nacional, para abordar la reforma constitucional necesaria, que permita hacer realidad este cambio de sistema de organización política.
Ahora bien, ¿Cuál modelo de régimen parlamentario deberíamos adoptar? En el mundo existen varias formas de parlamentarismo, unas más avanzadas y exitosas que otras. En América Latina se han dado tímidos y frustrados intentos por tratar de establecer sistemas parlamentarios. Empero, no existe un modelo lo suficientemente cercano a nuestra tradición y a nuestra idiosincrasia que podamos tomar como referente o ejemplo para hacer un tránsito seguro y definitivo al parlamentarismo.
Esta situación, sin embargo, no tiene por qué hacernos cesar en nuestro empeño de avanzar hacia un mejor sistema de organización política. Existen varios modelos exitosos de parlamentarismo de los que podemos extraer los mejores elementos y experiencias, adaptándolos a nuestra realidad.
Los modelos que resultan más convenientes para emular son, principalmente, el británico y el italiano. El primero, no solo por ser el que dio origen al parlamentarismo, sino también porque contiene los más perfeccionados mecanismos para fortalecer los partidos políticos, la cultura de oposición, la estabilidad institucional, junto con el respeto por la sana tradición. Y, el segundo, o sea el italiano, porque al igual que nosotros, es el de una República, a diferencia de Inglaterra y España que son monarquías constitucionales. Además, con Italia compartimos la misma cultura latina y la misma concepción romano-germánica o continental-europea del Derecho, que tiene importantes diferencias con la concepción anglosajona.
Hay también otros modelos interesantes y exitosos de parlamentarismo, como el español y el alemán, de los que podríamos tomar elementos que resulten útiles para un mejor funcionamiento de nuestras estructuras de gobierno. Para cuestiones específicas y eventuales reformas de un sistema parlamentario colombiano en marcha, podría acudirse a estos modelos de parlamentarismo, pues se trata de países con sistemas legales de los cuales hemos tomado muchas de nuestras más importantes instituciones jurídicas y, por tanto, tenemos con ellos, especialmente con España, mucha afinidad.
Para Colombia sería mejor un Parlamento unicameral, conformado por representantes del pueblo colombiano para un periodo de 4 años, sin perjuicio de que sea recortado por una disolución del Parlamento, con la consecuente convocatoria a nuevas elecciones generales.
El bicameralismo nació en Inglaterra a finales del Siglo XIV por exigencias de la estructura social de la época, que llevaron a dividir el Parlamento (inicialmente unicameral) en dos cámaras, con clases sociales distintas. Actualmente, sin embargo, la Cámara alta o de los Lores, ha perdido casi todo su poder y, es la Cámara baja o de los Comunes, la que tiene las principales facultades. Por ello, en la práctica, el régimen parlamentario inglés funciona con una estructura unicameral.
En los sistemas presidenciales, siguiendo el modelo estadounidense, se tomó la idea del bicameralismo, para permitir una más variada representación democrática, que diera lugar a una mayor posibilidad de discusión política de las leyes y a un control más fuerte al ejecutivo.
Sin embargo, la justificación que encuentra en Inglaterra el bicameralismo (la tradición) y en los sistemas presidenciales (lo que vimos en el párrafo anterior), no se hallaría en un sistema parlamentario colombiano. Aquí no tenemos tradición aristocrática como en Inglaterra o España (donde el Rey puede nombrar algunos miembros de la cámara alta) y si abandonamos el sistema presidencial, la razón de ser del bicameralismo desaparece, pues los controles del Parlamento sobre el ejecutivo los garantiza la estructura misma del sistema, la discusión política de las leyes continuaría siendo amplia y la representación democrática de todos los sectores de la población se garantizaría con un adecuado sistema electoral y de partidos políticos.
Un sistema bicameral en un régimen parlamentario colombiano nos podría traer ciertos problemas, ya que si las cámaras llegan a estar conformadas por mayorías diferentes, es posible que se produzcan conflictos entre ambas (como ha sucedido en Italia), que conduzcan a bloqueos en los trámites legislativos o a disputas sobre cuál de las dos es la principal representante de la voluntad popular.
Para hacer realidad la propuesta de un régimen parlamentario para Colombia, es necesario alcanzar el máximo consenso posible en el país. No se trata de un cambio cualquiera, sino de la más trascendental reforma institucional de la historia reciente de nuestro país.
Generar un ambiente favorable al parlamentarismo que entusiasme a la mayoría de colombianos no es tarea fácil, se requiere proyectar una estrategia coherente y sólida que permita, de manera simultánea, abordar los principales frentes de debate.
No se trata de instaurar el parlamentarismo lo más rápido posible, pues terminaríamos improvisando y llegando a un fracaso de graves consecuencias institucionales. Pero sí resulta oportuno ir sumando sectores influyentes a la idea de renovar nuestro diseño institucional para, luego de analizar cuidadosamente y sin prejuicios, tanto los riesgos como los beneficios del parlamentarismo en Colombia, poder llegar, dentro de unos 4 a 6 años, a desarrollar el procedimiento constitucional indicado para un cambio de esta naturaleza.
No dejemos pasar la oportunidad de aprovechar esta iniciativa para convertirla en un objetivo nacional. Establecer el parlamentarismo en Colombia nos ayudaría a perfeccionar nuestra democracia, a enriquecer nuestra cultura política y a consolidar nuestro Estado de derecho.
Juan David García Vidal es abogado de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín y magíster en asuntos internacionales de la Universidad Externado de Colombia en convenio con la Universidad de Columbia en Nueva York y con Sciences Po de París. Es director general de Comentario Digital.

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