Juan David García Ramírez 

El motivo de la reunión de ministros de Exteriores y de Defensa, de los países miembros de la OTAN, no es el mismo que convocaría un encuentro rutinario entre representantes de Estados y de burocracias internacionales. Tampoco se trata de un asunto abstracto, al margen de la realidad cambiante de las relaciones internacionales.

Esta reunión, de igual forma que la cumbre que celebrará la Alianza en las próximas semanas, en Lisboa, persigue nada menos que la adopción de un nuevo Concepto Estratégico para la Organización del Tratado del Atlántico Norte (NATO, por sus siglas en Inglés), en virtud del cual se replantearían la misión, objetivos, funciones y la forma de enfrentar los retos actuales y futuros. 

La OTAN es la organización internacional más relevante del sistema internacional contemporáneo, en lo concerniente a la construcción y mantenimiento de un entorno de seguridad colectiva, que en los primeros tiempos de la Guerra Fría era, más bien, de defensa colectiva, por la gran amenaza que para el espacio geográfico y político europeo y, en general, occidental, representaba el despliegue de los intereses del régimen totalitario de la Unión Soviética.

Desde una perspectiva realista, sólo la OTAN podría caracterizarse como una entidad diseñada para contrarrestar los efectos de la gran anarquía que impera en la interacción entre los estados, mediante el establecimiento de una alianza de orden político-militar, llamada a emplear la fuerza contra cualquier factor desestabilizador de la región noratlántico-europea.

Quedaría, pues, excluido cualquier organismo internacional que, al menos en su texto fundacional, procure los mismos objetivos y fines que la Alianza, como por ejemplo, la Organización de Naciones Unidas, dotada de un componente militar que pretende contribuir a la pacificación de los escenarios de conflicto, multiplicados a lo largo y ancho del globo.

Y resulta interesante que una organización de alcance regional (la OTAN) haya trascendido más allá de su ámbito y se haya propuesto metas globales, universales, mientras que la otra, de alcance universal, sufriera un fracaso tras otro, únicamente si hablamos de seguridad, resolución de conflictos, operaciones de mantenimiento o construcción de la paz (peacekeeping, peacebuilding operations) y de obtención de resultados plausibles en estos aspectos. 

Desde su creación, en 1.949, hasta hoy, la OTAN ha sido protagonista de acontecimientos que han transformado radicalmente las relaciones de poder en el mundo, viéndose forzada a cambiar ella misma. Cinco son los momentos que podemos identificar como decisivos para la existencia de la institución: 1. Comienzo de la Guerra Fría, en 1.945. 2. Fin de la Guerra Fría, entre 1.989-1.991. 3. Adopción de un Nuevo Concepto Estratégico, en 1.999. 4. Atentados terroristas del 11 de Septiembre de 2.001, en los Estados Unidos de Norteamérica. 5. Replanteamiento del Concepto Estratégico, en 2.010. 

Estos cinco períodos nos permiten comprender las razones que han exigido a la OTAN una evolución permanente, para ajustarse a los desafíos de cada época y reinventarse cada vez. En realidad, los dos primeros momentos forman parte de un mismo estadio histórico, el de la Guerra Fría, entonces se hablaría de un principio y fin.

Durante 46 años, el enfrentamiento bipolar entre Estados Unidos y la URSS sentó las bases para la disputa por el poder en las relaciones internacionales, y la OTAN cumplió a cabalidad con su función defensiva frente al Pacto de Varsovia (su contraparte), cuyo éxito estuvo garantizado en la práctica por el equilibrio de poder, natural y previsible entre dos superpotencias. Así, un período tan estático no permitió a la OTAN hacer demostraciones de su capacidad de actuar, pues su ámbito europeo de influencia se mantuvo en relativa calma y estabilidad. 

Ahora bien, el derrumbamiento de la Unión Soviética y la consecuente transición del sistema internacional bipolar al unipolar, generaron una importante crisis en la organización, porque sus instrumentos militares perdieron sentido, tanto en lo material como en lo estratégico, al haber sido concebidos para un modelo bipolar.

Ya no había amenaza militar que proviniera del Este y la desintegración de la URSS, con los posteriores procesos de democratización de Europa Oriental y Asia Central (desde luego, no una democratización real, sino la configuración de democracias iliberales), también ponían en riesgo la orientación axiológica del Tratado de Washington, si en sentido estricto afirmamos que la competencia entre democracia y totalitarismo en Europa, terminó en 1.989 con el triunfo de la primera, y que la oposición libertad vs. represión desapareció. 

La OTAN halló solución a su dilema existencial de la inmediata Posguerra Fría, circunscribiéndose al mantenimiento de la seguridad y la paz en la zona europea, y asumiendo compromisos como la prevención de conflictos, la gestión de crisis y el reto de la ampliación.

Pero la organización no contaba con que el decenio de 1.990 sería especialmente turbulento para Europa y que, incluso, tendría que empezar a actuar por fuera del continente. Tres episodios pusieron a prueba sus capacidades militares y eficacia: En 1.991, la Operación Provide Comfort, de carácter humanitario, para proteger a los desplazados kurdos en el norte de Irak, perseguidos por la dictadura de Saddam Hussein. En 1.994 y 1.995, con la intervención en la Guerra de Bosnia-Herzegovina, mediante contundentes ataques aéreos para combatir a las fuerzas serbias, y ante el fracaso de la Unión Europea y las fuerzas de paz de la ONU. Y en 1.999, con la reactivación del conflicto por los ataque serbios sobre Kosovo, forzando al gobierno de Milosevic a retirar sus tropas de esa región. 

La forma en que intervino en tales conflictos y el balance de su actuación, llevaron a la OTAN a considerar su papel en el nuevo entorno. Es dable sostener que durante los noventa y hasta 2.001, la OTAN vivió una gran incertidumbre, causada por un panorama completamente distinto, de consolidación de Estados Unidos como la única superpotencia, con sucesos paralelos como la reactivación de los conflictos separatistas y secesionistas en Europa Oriental, el Cáucaso y Asia Central; el colapso y la crisis humanitaria en los estados centroafricanos; y el aumento de las tensiones en el Medio Oriente.

Esta realidad ofrecía a la OTAN dos alternativas: Dar la espalda a los hechos y limitarse a Europa y el Atlántico Norte, o asumir un compromiso serio frente a los desafíos planteados a la seguridad internacional, problema de gigantescas dimensiones que ningún Estado, ni siquiera los Estados Unidos, podría contraer en solitario, haciéndose cada vez más imperiosa la necesidad de concretar una auténtica cooperación internacional, por la protección de unos intereses que no concernían exclusivamente a los miembros de la Alianza, sino a todos los que comparten algún grado de integración económica, política y militar con ellos. 

Y en la actualidad, al descrito estado de cosas del decenio de 1.990 y que aún persiste, se suman las profundas transformaciones del escenario internacional a partir de 2.001, aceleradas por la globalización y la emergencia y expansión de nuevas amenazas, como la proliferación de armas nucleares, el carácter difuso del terrorismo (de tipo religioso y político, fundamentalmente), el auge de la piratería en regiones como el Océano Índico y el Sudeste Asiático, o la multiplicación del crimen organizado internacional.

Además, el estancamiento demográfico en la generalidad del mundo occidental y la confusión de la identidad cultural que la inmigración ha producido en Estados Unidos y Europa, indudablemente afectan los valores que informan la OTAN, pues no es muy seguro que una mayoría de los nuevos habitantes de estos países sienta simpatía por los objetivos y fines que la organización ha impulsado desde 1.949. 

Y lo más importante de todo: El reemplazo de la guerra regular (interestatal) por la guerra irregular, en la que los ejércitos y los servicios de inteligencia se enfrentan a enemigos que no representan a un Estado, ni son fácilmente reconocibles.

Este tipo de guerra genera una situación asimétrica entre las fuerzas de la OTAN y los grupos contra los que lucha, por cuanto estos últimos privilegian el uso de medios no convencionales y desconocen cualquier limitación institucional a sus acciones.

Es en esta área, especialmente, en donde la adopción de un nuevo Concepto Estratégico se vuelve vital para el futuro de la organización. Las diversas misiones desplegadas dentro y fuera de la zona noratlántico-europea, como KFOR (Fuerza de la OTAN en Kosovo), ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad, o International Security Assistance Force) o la NATO Training Mission-Iraq (Misión de Entrenamiento de las fuerzas de seguridad iraquíes), deben, para alcanzar el éxito en la estabilización de esas regiones, continuar evolucionando en el dominio de la guerra irregular, lo que implicaría situarse, para efectos prácticos, al nivel de los grupos insurgentes y terroristas que operan en Afganistán, Pakistán e Irak, principalmente, de igual forma que aquellos que hacen presencia en los Balcanes y el Cáucaso. 

La misión de la OTAN hacia el futuro venidero es, por supuesto, mucho más compleja que la de los primeros años de la Posguerra Fría, considerando que tendrá que contar con el advenimiento de un sistema multipolar en formación, por la consolidación de nuevas grandes potencias en el sistema internacional (Brasil, Rusia, India y China) y el posicionamiento regional de actores que, en el pasado reciente, no poseían gran relevancia estratégica (Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto, Turquía y Sudáfrica).

La Alianza cuenta hoy con 28 miembros y 22 países asociados, y dentro de su reforma se prevé la inclusión de Ucrania, Georgia y Macedonia, todos estados claves en el fortalecimiento político de la organización y en la consecución de un mundo más seguro.

Juan David García Ramírez es politólogo de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, estudiante de maestría en Estudios Políticos e investigador de la Facultad de Ciencias Políticas de la misma Universidad. También es Editor del periódico Comentario Digital 


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