09 Febrero 2011
Juan Pablo Convers
En cuestión de días, Egipto pasó de ser considerado el país más estable del Medio Oriente a convertirse en epicentro de una crisis sin precedentes, que tiene tambaleando a toda la región y cuyo desenlace puede afectar seriamente el panorama geopolítico del mundo árabe y su relación con occidente.
Inspirados en la llamada Revolución de los Jazmines, que hace contadas semanas llevó al derrocamiento del presidente-dictador tunecino Zine el Abidine Ben Alí, cientos de miles de egipcios se han volcado a las calles y plazas de las principales ciudades exigiendo la renuncia del autoritario Hosni Mubarak -quien ha gobernado faraónicamente el país durante tres décadas- así como una transformación radical del sistema político que dé paso a la democracia y a una sociedad más abierta, pluralista y libre.
Sin embargo, más allá de los justos reclamos de un pueblo harto de la corrupción, el despilfarro, la pobreza, la opresión y los abusos de un gobierno autócrata y de un sistema militar caudillista de más de medio siglo, la cuestión egipcia se constituye en un nuevo campo de batalla por el control del Medio Oriente que tiene en pulso intereses de poderes mundiales y regionales a quienes poco importa la suerte de los ciudadanos egipcios, en tanto ésta no choque con sus objetivos estratégicos.
Egipto, con poco más de 80 millones de habitantes (72 de ellos musulmanes suníes), es el país más poblado del mundo árabe y uno de los actores más importantes de la región afroasiática. Dada su posición geográfica, el país de las pirámides se erige como la puerta natural entre África y Oriente Próximo.
Es además la ruta de acceso obligada entre el Mediterráneo y el mar Rojo. Se estima que diariamente pasan por el Canal del Suez aproximadamente 2.2 millones de barriles de petróleo que transitan del Golfo Pérsico a Europa y representan un suministro energético vital para la mayoría de potencias occidentales.
No en vano Egipto es considerado la pieza clave y potencial epicentro de articulación de un hipotético imperio islámico al fungir como bisagra entre el Magreb musulmán y el mundo árabe. Baste recordar que el fallecido dictador Gamal Abdel Nasser fue uno de los más prominentes propulsores del panarabismo durante la segunda mitad del siglo XX, evocando la posición tradicional de liderazgo históricamente arraigada en el milenario nacionalismo egipcio.
Luego del desplome de la Unión Soviética -y como consecuencia del reacomodamiento del poder en Eurasia-, además del desbordado aumento del poderío chino y su creciente protagonismo mundial y una cada vez más notoria recuperación de la capacidad rusa, Estados Unidos ha temido el surgimiento de un Califato, de un imperio islámico que amenace sus intereses geoestratégicos en Medio Oriente tales como el control de los principales oleoductos y gasoductos mundiales, así como su supremacía en el océano Índico y el mar Mediterráneo, como rutas de mayor tráfico energético en el mundo.
No es pues una cuestión secundaria, ya que la crisis toca delicadas fibras de los dos principales objetivos geopolíticos de la estrategia global estadounidense por mantener su supremacía y reafirmar su hegemonía: preservar el dominio total de los océanos del mundo que le garantice el control sobre el comercio internacional y evitar por todos los medios situaciones que lleven al fortalecimiento acelerado de poderes regionales con proyecciones mundiales que amenacen principalmente su poder naval global.
Es por esto que Estados Unidos se ha esforzado siempre por mantener un Medio Oriente inestable y fragmentado que impida la aparición de una potencia hegemónica.
Evidencia de ello ha sido la constante y deliberada dilación del retiro de tropas de Irak y de la solución definitiva de la guerra en Afganistán. Dadas sus capacidades, Turquía, Irak, Irán, Egipto, Indonesia y Pakistán han sido los Estados musulmanes que mayores proyecciones hegemónicas han presentado.
Desde la invasión estadounidense, Irak se encuentra anulado; Indonesia, dada la fragmentación propia del sudeste asiático, se halla geopolíticamente limitada; Pakistán, aún siendo el único país musulmán con capacidad nuclear real se encuentra internamente dividido y geográficamente cercado por India, Rusia, China y la presencia estadounidense en Afganistán, sobreponiéndose el recelo al impulso indio sobre su voluntad de expansión; Turquía es la mayor economía de la región y uno de los pocos Estados seculares de población musulmana, cuyo interés de pertenecer a la Unión Europea y de contener cualquier amenaza medio oriental, así como su miedo natural al resurgimiento ruso la han llevado a mantener una estrecha cooperación con occidente; y en Egipto, la mano dura de Mubarak respaldada por multimillonarios fondos estadounidenses a raíz de los acuerdos de Camp David ha garantizado por más de tres décadas un dique entre el Magreb radical y el mundo árabe antioccidental protegiendo el papel de Israel como aliado clave en la contención del islamismo.
Así, la mayor piedra en el zapato estadounidense ha sido el desafío nuclear iraní con su discurso islamista antioccidental y su férrea voluntad de expansión a través de la financiación y soporte de estructuras terroristas como Hamas, Hezbolá, Al Qaeda y todos los demás focos yihadistas, así como de facciones políticas radicales con disfraz moderado como los Hermanos Musulmanes.
El temor estadounidense, recogido por las potencias occidentales, es que los reclamos políticos de una mayoría espontánea y poco organizada de ciudadanos egipcios de que se avance hacia un sistema democrático, sean secuestrados por la Hermandad Musulmana, que, aprovechando un vacío de poder, teocratice el discurso convirtiendo a Heliópolis en foco y satélite del islamismo radical.
Prueba de ello han sido las contradictorias y cambiantes declaraciones que durante los últimos días ha emitido la Casa Blanca y sus portavoces. Pues, aunque de cara a la opinión internacional, Estados Unidos ha exigido a Mubarak una transición inmediata y ordenada hacia la democracia, como evidencia necesaria de coherencia política, de dientes para adentro ha movido su engranaje para que el régimen sea quien garantice un cambio de mando, mas no de sistema.
Así lo evidencia el hecho de que no haya habido un llamado claro y contundente a la renuncia de Mubarak.
Aunque muchos ingenuos lo nieguen, la Casa Blanca utilizará su poder de influencia sobre el ejército –soportado en los US$ 1.300 millones anuales que entrega en asistencia y en los más de US$ 68.000 millones totales dados en ayuda desde 1952–, apuntando a la permanencia de Mubarak hasta las elecciones de septiembre o a que, en caso de que la agudización de la crisis obligue a su dimisión, el octogenario dictador sea sustituido por el presidente del Parlamento (miembro fiel del partido de gobierno) y se convoque a elecciones anticipadas en un plazo de 60 días. Esto con miras a dilatar lo máximo posible las aspiraciones electorales de El Baradei y los Hermanos Musulmanes, teniendo un tiempo de gracia para que el régimen se autorregenere (como lo ha hecho durante décadas) desde el seno del poder militar y se garantice la permanencia del status de ilegalidad de la influyente facción islamista.
El hecho de que el ejército, luego de tres semanas de intensas protestas, no haya movido un dedo para presionar la salida de Mubarak (como sí sucedió con Ben Alí en Túnez), demuestra su deseo de preservar el status quo.
Más aún cuando recientes filtraciones de Wikileaks dan cuenta de que los militares egipcios, ávidos de más, habrían expresado en varias ocasiones a diplomáticos estadounidenses la necesidad de mayores fondos de ayuda. Además, es conocido que la Hermandad Musulmana es aborrecida por el ejército, quien ha perseguido por décadas a sus miembros, considerando a la organización como una amenaza a sus privilegios económicos y políticos. Hay que tener en cuenta, también, que los tres únicos presidentes (incluido Mubarak) que ha tenido Egipto desde la caída de la monarquía, han emergido de las filas castrenses.
La institución militar solo respeta a quienes provengan de sus filas, por lo que El Baradei y los demás candidatos la tendrán difícil al ser civiles con formación legal. Por lo que todo parece indicar que Omar Suleiman, actual vicepresidente, ex general y jefe de inteligencia, será el elegido para garantizar la continuidad y el preciado flujo de ayuda estadounidense condicionada al mantenimiento de la paz con Israel, pues una vez en el poder no hay necesidad de convocar elecciones y, de hacerlo, amañarlas no es un problema.
Estados Unidos sabe que de llevarse a cabo elecciones libres, el resentimiento popular contra el establishment llevará a los Hermanos Musulmanes al poder (como fuerza opositora más visible y ordenada), así el sentir egipcio clame una república y no una teocracia, pues es fácil seducir a una masa irritada y por décadas oprimida, con discursos moderados de cambio y esperanza. Pues como nos deja de lección Venezuela, lo que parece ser un oasis puede degenerar en un peligroso espejismo.
No es pues gratuito que el mundo tenga la mirada puesta sobre la llamada ‘Revolución de los Jóvenes’. Aunque como vemos, desde los ojos de la realpolitik esta preocupación por parte de los grandes poderes poco tiene de altruismo, pues la democracia, como ha demostrado la historia reciente, aunque más justa y deseable, geopolíticamente hablando no es para todos siempre conveniente.
Ante este panorama, lo ideal sería que de los cientos de miles de manifestantes surgiera un líder visible que canalizara las demandas y constituyera una oposición estructurada y coherente con los intereses reales de la mayoría del pueblo egipcio, capaz de representar su clamor en las urnas abriendo las puertas a un gobierno legítimo, como preludio hacia la democracia, con el apoyo de los gobiernos libres de Occidente. Sin embargo, dada la espontaneidad de las protestas y el entramado de corrupción y privilegios imperante, desafortunadamente resulta poco probable que en unos cuantos meses se logre articular un movimiento político de estas características. Esperemos pues que pase lo imposible y los egipcios nos sorprendan una vez más con lo impensable, rompiendo esta vez la nauseabunda dualidad autocracia-teocracia a la que, una vez más, se están viendo sometidos.
Juan Pablo Convers es politólogo de la Universidad Pontificia Bolivariana y analista internacional en el área de las relaciones internacionales latinoamericanas. Miembro fundador y director del Centro de Estudios Think Tank Américas y colaborador habitual de la Columna del Lector del periódico El Tiempo.
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