11 Abril 2011
Andrés Mejía Vergnaud
Pero aquello que más le distinguió fue precisamente aquello que él más disfrutaba: su pasión por enseñar a las nuevas generaciones de abogados la importancia que la lengua inglesa adquiriría en su profesión. Luchó así contra un sesgo originado en la procedencia francesa y alemana de nuestras normas jurídicas. Y mucho antes de que fuera reconocida la importancia del inglés en el ejercicio del abogado, Álvaro escribía ya los libros y las columnas que hoy son de uso común entre los juristas conscientes de su inserción internacional. Al principio nadie prestaba mucha atención a Álvaro: años después, las grandes firmas de abogados y las facultades de Derecho solicitaban con premura sus cursos de inglés jurídico. Tuve el honor y el deleite de que ser invitado permanente a enseñar una clase en aquellos cursos. Y no podría nunca olvidar ese rostro, algo pícaro, lleno de buen humor, que desde el pupitre me observaba como cualquier otro alumno, dispensándome un respeto del cual no me considero merecedor.
REFORMA A LA JUSTICIA: Ni el presidente Santos ni el ministro Vargas Lleras deben olvidar que la reforma a la justicia fue una de sus grandes promesas, y fue una de las que más suscitaron esperanza y expectativas. La advertencia es pertinente, por cuanto hay ya temores acerca del trámite de esta iniciativa y acerca de su contenido. Voy a resumir mis dos preocupaciones. En primer lugar, observo en el gobierno un ánimo excesivo de que esta reforma sea producto de un consenso con las altas cortes. Tal vez esto surge del loable interés por reparar las relaciones entre el gobierno y tales organismos, que tan maltrechas quedaron tras los dos períodos de Álvaro Uribe. Pero debe evitarse exagerar los alcances de esta buena intención: las altas cortes no tienen una prerrogativa que obligue a que ellas deban dar el visto bueno a un proyecto de ley o de reforma constitucional, ni tiene el gobierno el deber de esperar la aprobación de ellas si considera que su proyecto es el mejor, pues la palabra en último término la tendrá el legislador. La idea de la concertación ha ganado mucho terreno por su valor moral, pero es imperativo reconocerle sus limitaciones: por el hecho de que una iniciativa sea concertada, no significa que ella sea la mejor, ni que sus efectos prácticos sean óptimos. La concertación suele traer consigo ciertos problemas, consistentes en que quienes en ella intervienen pueden hacerlo en pos de sus intereses, y no del interés general. Y muchas de las noticias que se oyen hacen temer que este espíritu sea el que esté primando en la concertación con las altas cortes. Proceso este en el cual, dicho sea de paso, nadie representa al ciudadano: mientras los magistrados lucharán por conservar aspectos del statu quo que les resultan favorables, parece que nadie tendrá en cuenta a la persona del común, quien de verdad sufre por la ineficacia de la justicia como servicio público.
REFORMA A LA JUSTICIA II: Con lo cual paso a mi segunda consideración: temo que en este caso, como ha ocurrido con iniciativas anteriores, la reforma a la justicia termine convertida apenas en una reforma a la Rama Judicial. No desconozco que dicha rama necesita cambios --el principal de ellos, la eliminación del inútil y vergonzoso Consejo Superior de la Judicatura, al parecer se negociará en favor de un simple cambio nominal--. Pero de nuevo, sin desconocer la necesidad de reformas en la Rama, la mayor urgencia es la de convertir a la justicia en un servicio público eficaz y confiable, al cual puedan los ciudadanos acceder con plena confianza para la solución rápida de sus controversias: eso, y no un simple reordenamiento de cortes y tribunales, es lo que necesita Colombia para poder avanzar en la convivencia social, y en la competitividad de la economía.
Andrés Mejía Vergnaud es director académico del Observatorio de Política y Estrategia de América Latina (OPEAL) del Instituto de Ciencia Política en Bogotá. Es autor de “Maestros de la Democracia Moderna” (Legis, 2003), y del libro “El destino trágico de Venezuela: Con o sin Chávez” (Tierra firme, 2009).
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