Andrés Mejía Vergnaud 

SALUDCOOP I: Uno de los secretos de la elaboración de un buen análisis –sencillo pero crucial- no es más que el de empezar por el principio: elegir un buen punto de partida y allí, con una juiciosa elaboración de precisiones, con una rigurosa identificación de particulares, poner los cimientos de una construcción compleja, y que más compleja será mientras mayor sea la dificultad del problema. Esto es lo que ha hecho Alejandro Gaviria en su columna de ayer (El Espectador), dedicada, cómo no, al más reciente de los megaescándalos de corrupción que ya casi semanalmente se revelan en el país: el del grupo Saludcoop, escándalo que según informes podría extenderse a otras EPS. Los clamores de indignación son más que justificados y comprensibles. Pero ellos habrán de dejar lugar al examen de lo sucedido, paso indispensable para evitar la repetición.

¿Cuál es ese elemento singular y fundamental al que ha apuntado Alejandro Gaviria? No es otro que el diseño normativo del sistema, el modo como éste fue estructurado. No deseo hacerme vocero de la célebre frase de Miguel Nule sobre la corrupción y la naturaleza humana. Pero la experiencia está mostrando lo que una sana lógica habría previsto: que la puesta en marcha de ciertos esquemas crea la ocasión para que florezcan las prácticas corruptas. En palabras de Alejandro Gavira, son la ocasión que hace al ladrón. Lo que ha emergido en el caso de Saludcoop es la degeneración normativa de lo que, en un principio, fue un esquema relativamente aceptable. Y algo similar ha explotado en los casos del grupo Nule y de Agro Ingreso Seguro: sistemas cuyo diseño crea la ocasión perfecta para el acto corrupto. 

SALUDCOOP II: Ahora bien: es cierto que la ocasión hace al ladrón, pero es también cierto que algunos son más ladrones que otros, y que no todas las personas reaccionan de la misma manera ante la ocasión. Dada la circunstancia de encontrar en un sendero del parque una billetera, hay quienes resolverán apropiarse de su contenido, mientras otros buscarán al propietario. Es decir, el asunto no está sólo en que se esté brindando la ocasión: no debemos ignorar que estamos también frente a un severo problema cultural, que hace que ante la ocasión presentada haya una disposición muy grande a aprovecharla de modo corrupto. Es una grave enfermedad en el modo como los colombianos vemos lo público: no es para nosotros el punto de encuentro de la sociedad, ni su ámbito común de desarrollo. 

Es un tesoro de oportunidades para el enriquecimiento: es un trampolín que permite llegar de manera rápida y fulgurante allí donde normalmente sólo se llega con el trabajo duro, o con las buenas ideas. Carlos Palacino no es un Steve Jobs: no se volvió inmensamente millonario en una década por haber concebido una asomrbosa novedad recibida con entusiasmo por el público. Se volvió millonario porque ingresó al ámbito de lo público con la intención de enriquecerse, y su talento, que tanto habría podido servir al país en empeños productivos, se volcó hacia la concepción de maquinaciones que llevarían hacia las arcas de su Saludcoop -y a las suyas propias- una cierta porción de la riqueza de los colombianos. 

SALUDCOOP III: No sé cuál sea el origen de este abismo cultural en el que nos hemos sumido. No estoy seguro de cómo se le puede hallar cura, pero percibo vagamente que tal cosa será imposible sin una buena dosis de educación y de justicia. Pero no de esa vulgar justicia de circo en la que han caído algunos de estos casos: hablo de una justicia seria, sobria y respetable. Ignoro, decía, cómo cayó nuestra sociedad en este oscuro problema. Pero no descartaría yo que en la búsqueda de ese origen lleguemos de nuevo al asunto planteado por Alejandro Gaviria: tal vez, en algún momento de nuestra historia, lo público evolucionó de tal manera que empezó a crear múltiples ocasiones para el ascenso socioeconómico no productivo, y para la corrupción abierta. Generación tras generación, el aumento visible e impune de esas prácticas habrá señalado a miles de colombianos este camino hacia el enriquecimiento.

Andrés Mejía Vergnaud es director académico del Observatorio de Política y Estrategia de América Latina (OPEAL) del Instituto de Ciencia Política en Bogotá. Es autor de “Maestros de la Democracia Moderna” (Legis, 2003), y del libro “El destino trágico de Venezuela: Con o sin Chávez” (Tierra firme, 2009). 


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