05 Julio 2011
Andrés Mejía Vergnaud
De aquel 74 por ciento de Colombianos que, según la encuesta Gallup, consideran que la seguridad va en deterioro, no creo que ninguno haya cambiado de opinión por las declaraciones que el presidente Santos ofreció el domingo sobre la suerte de Alfonso Cano.
Declaraciones infortunadas, por ser evidente en ellas el propósito de reaccionar, con premura, ante la creciente sensación de que al gobierno le ha resultado difícil el manejo de la seguridad. Precisamente, esa reacción del presidente Santos no hace más que reiterar lo que hasta ahora ha sido la línea de su gobierno, la de él mismo, y sin duda la de su ministro Rodrigo Rivera: la de manejar esto como un problema de imagen.
Basta recordar cómo el ministro Rivera, ante cada nueva incursión de la guerrilla, reacciona tratando de restar importancia a lo sucedido, y exagerando la reacción de las fuerzas militares. En este caso, percibe Santos que hay una preocupación creciente por la inseguridad, y hasta donde sabemos, su reacción no ha sido la de examinar de modo sereno y analítico lo que está fallando, sino correr ante las cámaras a anunciar, una vez más, que las fuerzas armadas le “respiran en la nuca” a Alfonso Cano.
No pongo en duda que tal cosa esté sucediendo: pero es claro que ante el segundo aire que ha tomado la guerrilla se requiere una estrategia más clara, y sobre todo un liderazgo más fuerte de parte del presidente y del ministro.
Ahora: encuentro también inaceptable el modo como el ministro Rivera, valiéndose de un puñado de cifras, ha querido desestimar la preocupación de un sector amplio de la población colombiana. Al usar esa expresión no deseo restar importancia a los datos empíricos. Pero esos datos deben ser objeto de una ponderación seria.
Puede ser cierto que las tasas de ocurrencia de algunos delitos hayan disminuido. Pero el simple hecho de que un comando de las FARC pueda salir a una de las carreteras principales del país, asesinar a un mayor de la Policía, detener el tránsito e incendiar vehículos, como solían hacer con frecuencia antes del 2002, debería ser motivo para mostrar una preocupación, y para preguntarse si estamos experimentando un retroceso. Señalo este hecho por su reciente ocurrencia, pero no es el único.
Me dice un experto que, en lo corrido del año, han muerto en acción más hombres de la fuerza pública que de la guerrilla. En el Caquetá hubo un secuestro masivo de trabajadores petroleros chinos. Allí mismo hubo feroces combates con la fuerza pública, tras los cuales algunos habitantes de la zona se quejaron del resurgimiento de estos hechos, y de la tardanza en la acción del Estado. Y ni hablar del Cauca, donde hay poblaciones que están casi bajo asedio. Ojalá el ministro Rivera entienda que estas preocupaciones, cuya pertinencia ratifico, no van a evaporarse con al presentación de ciertas cifras sobre delito común, ni con la elaboración de hipótesis descabelladas, como las que denuncia en su columna del domingo Alejandro Gaviria (El Espectador).
Andrés Mejía Vergnaud es director académico del Observatorio de Política y Estrategia de América Latina (OPEAL) del Instituto de Ciencia Política en Bogotá. Es autor de “Maestros de la Democracia Moderna” (Legis, 2003), y del libro “El destino trágico de Venezuela: Con o sin Chávez” (Tierra firme, 2009).
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